lunes, 6 de julio de 2015

¿Por qué volver a enamorarse?


     Según una encuesta de a saber qué coordenada perdida, existen hasta ciento noventa y tres tipos de orgasmos distintos. Y ciento noventa y tres son muchos, pero son menos de los que me gustaría tener contigo.

     Me hubiera gustado oírte gritar alguna vez más, supongo, antes de que el invierno arrancara las hojas a este árbol de hoja perenne.

     Me gustaría gritar que he tenido un orgasmo de los que te arrancan el aliento, como si fuera el último antes de perecer. Como la erección del que muere ahorcado en su último soplo de vida. Sádico, ridículo. En cualquier caso, ya no importa.

     Pero, a esta encuesta de locos, se les ha olvidado alguno.

     Se les ha olvidado el orgasmo que se hace para olvidar, el del porno frente al ordenador, el que acaba en lágrimas difusas. Ese en el que apareces tú en el rostro de cualquier actriz porno. De esos que duran quince minutos de día y mil noches en vela.

    Tampoco se acordaron de ese que duele de frustración, de incomprensión. De agarrar un cuerpo al azar y olvidarse un momento de que el mundo sigue girando. De violentar la calma que intentas construir en tan solo un segundo. Es el orgasmo de los arañazos que acabarán en un número en la agenda bajo el nombre de una persona que no sabes por qué está ahí. Es el orgasmo del sábado de resaca.

     Está, aunque menos frecuente, el orgasmo que, de verdad, enamora. El que se hace con todas las esperanzas del mundo, el que sale terriblemente mal ya sea a las orillas del mediterráneo o en un edredón lleno de sueños inalcanzables. Muy escaso, he de decir. No responde a un estímulo físico, tan solo responde ante ellos, ante la mirada de esas dos personas que se entienden aunque hablen idiomas distintos. Os deseo a todos que alguna vez lo sintáis.

     Merece una mención ese orgasmo de sexo desacompasado, tardío. El orgasmo que calma, que te devuelve lo que alguien te quitó alguna vez. Lleno de lágrimas pasadas en cada caricia. Sexo que huele a traición, sexo que huele a nostalgia.

     También existe ese orgasmo lleno de morbo, inducido por el ímpetu sexual de aquellos cuerpos como imanes con polos opuestos, demasiado cerca para evitar la conexión. Nieve, granizo, lluvia, rayos, tormenta.

     Hay días que siento que es irrisorio olvidar. En esos días me gustaría tener un orgasmo pensando en mi, sentir que vuelvo a enamorarme de mis pelos de loco, del lunar de mi oreja, o de cualquiera de las imperfecciones que antes de desdibujaban en el espejo. Pero es muy difícil... Porque tu cara vuelve a aparecer en el rostro de otra actriz porno.


     Quizás... quizás sea ridículo querer vivir ciento noventa y tres experiencias distintas. Las personas son distintas, los orgasmos también. Y sin embargo, aquí estoy, con el realismo vendido en un tenderete de La Latina. Diciendo que ciento noventa y tres orgasmos son menos de los que me hubiera gustado vivir contigo.

domingo, 5 de julio de 2015

¿Por qué las avestruces quieren volar?

XVI.

     Sinsentido, que bello color. O eso creo yo. Quizá sea porque últimamente da igual los colores que junte sobre el lienzo, siempre aparece ese tono entre ocre y carmesí. Pero es bello... A su manera.
Me gustaría poder pintarme una sonrisa fingida, como la que le regalo a mis personajes, en tono sinsentido. Me gustaría plasmarme con el lienzo y sentir el cían acariciando mi nuca, el magenta queriéndome, el granate follándome. O algo así. 

     Me gustaría fundirme en sendos trazos de un cuadro naturalista, me gustaría ser la pradera, y el cielo, y el pastor, y la alegoría de una elegía a Manuel Machado. 

     Me gustaría pintarme sobre un cuadro cubista y ser el tramo perfecto y sin error, el paralelepípedo que centra la atención de las líneas paralelas que se cortan en el infinito. 

     Me gustaría ser Gernika, me gustaría ser el puño en alto bajo la barricada, el sexo sin tapujos de dos amantes bajo el cielo de Stalingrado, las lágrimas del inocente bajo el paredón y el grito de "¡No pasarán!" del abuelo al que su nieto nunca llegará a conocer.

     Ojalá un cielo pintado de sinsentido. Ojalá las personas pintadas en color carne arañada. Los escaparates necesitan un toque de rojo rebelión. 

     Pero esto es solo en cuadro. Aquí, abajo, donde siempre, todo está pintado de ausencia y monotonía. De deportivas colgadas de los cables de teléfono. De pintadas en las paredes con símbolos nazis tachados. De borrachos en la calle pegando a sus mujeres, de borrachos en los bares recordando a otras mujeres. De mierdas de perro en la calle. De okupas en pisos con cristales rotos. De tus caricias, las que nunca llegaron, y las que queman por su ausencia. Y todo es bello... A su manera.

     Soy ese cuadro, ese cuadro que no se pinta en Génova ni en Ferraz. Pero a veces, también soy otro. A veces también me pintan en color beso frustrado. Otras en color última vez, color último polvo. Casi siempre de color miedo, incertidumbre, por saber que se acabó recorrer medio mundo por verte retozar entre mis sábanas. Alguna vez me pintan color fuerza, color superación, aunque en seguida se le antoja horrendo al pintor, y cambia de hoja. A veces también me pintan color hoja, de espada, y a veces color pared. A veces color entre tu espada y mi pared. 

     Me gustaría poder decir que soy bello... A mi manera. 

     Prefiero decir que si alguna vez vuelves a pintarme, no traigas pincel.