Según
una encuesta de a saber qué coordenada perdida, existen hasta ciento
noventa y tres tipos de orgasmos distintos. Y ciento noventa y tres
son muchos, pero son menos de los que me gustaría tener contigo.
Me
hubiera gustado oírte gritar alguna vez más, supongo, antes de que
el invierno arrancara las hojas a este árbol de hoja perenne.
Me
gustaría gritar que he tenido un orgasmo de los que te arrancan el
aliento, como si fuera el último antes de perecer. Como la erección
del que muere ahorcado en su último soplo de vida. Sádico,
ridículo. En cualquier caso, ya no importa.
Pero,
a esta encuesta de locos, se les ha olvidado alguno.
Se
les ha olvidado el orgasmo que se hace para olvidar, el del porno
frente al ordenador, el que acaba en lágrimas difusas. Ese en el que
apareces tú en el rostro de cualquier actriz porno. De esos que
duran quince minutos de día y mil noches en vela.
Tampoco
se acordaron de ese que duele de frustración, de incomprensión. De
agarrar un cuerpo al azar y olvidarse un momento de que el mundo sigue girando. De
violentar la calma que intentas construir en tan solo un segundo. Es
el orgasmo de los arañazos que acabarán en un número en la agenda
bajo el nombre de una persona que no sabes por qué está ahí. Es el
orgasmo del sábado de resaca.
Está,
aunque menos frecuente, el orgasmo que, de verdad, enamora. El que se
hace con todas las esperanzas del mundo, el que sale terriblemente
mal ya sea a las orillas del mediterráneo o en un edredón lleno de
sueños inalcanzables. Muy escaso, he de decir. No responde a un
estímulo físico, tan solo responde ante ellos, ante la mirada de
esas dos personas que se entienden aunque hablen idiomas distintos.
Os deseo a todos que alguna vez lo sintáis.
Merece
una mención ese orgasmo de sexo desacompasado, tardío. El orgasmo
que calma, que te devuelve lo que alguien te quitó alguna vez. Lleno
de lágrimas pasadas en cada caricia. Sexo que huele a traición, sexo
que huele a nostalgia.
También
existe ese orgasmo lleno de morbo, inducido por el ímpetu sexual de
aquellos cuerpos como imanes con polos opuestos, demasiado cerca para
evitar la conexión. Nieve, granizo, lluvia, rayos, tormenta.
Hay
días que siento que es irrisorio olvidar. En esos días me gustaría
tener un orgasmo pensando en mi, sentir que vuelvo a enamorarme de
mis pelos de loco, del lunar de mi oreja, o de cualquiera de las
imperfecciones que antes de desdibujaban en el espejo. Pero es muy
difícil... Porque tu cara vuelve a aparecer en el rostro de otra
actriz porno.
Quizás...
quizás sea ridículo querer vivir ciento noventa y tres experiencias
distintas. Las personas son distintas, los orgasmos también. Y sin
embargo, aquí estoy, con el realismo vendido en un tenderete de La
Latina. Diciendo que ciento noventa y tres orgasmos son menos de los
que me hubiera gustado vivir contigo.