martes, 23 de junio de 2015

Botella de Ron

- Eh, despierta. ¿Estás ahí? Ya veo que no. Llevo diecinueve años esperando a que despiertes. Espero que algún día lo hagas, ¿eh? Tenemos mucho camino que recorrer. Y, aunque se que en ese estado de letargo, no puedes escucharme, se que sí puedes entenderme. Hoy, amiga, vengo a contarte algo desagradable. Ya, ya lo se. Se que últimamente siempre estamos con las mismas, pero ya me conoces. No hay muchas cosas buenas fuera de estas cuatro paredes. ¿Que por qué salgo fuera? Bueno, es complicado. Cuando despiertes saldremos tú y yo. Buscaremos algún rincón del mundo sólo para nosotros. Yo no necesito más.
Oye, ¿te has puesto celosa? ¿Por qué me miras así? Oh, entiendo. Es por ella, ¿verdad? Bueno, pues es posible que no vuelvas a estar celosa nunca más. Sí, vengo a hablarte de eso. Sí, estoy bien, ya sabes. Yo siempre estoy bien.
  No, no ha pasado nada, supongo. Nada que en el fondo no te hubiera contado antes que iba a pasar. Me dijiste que iba a ser difícil, lo se. Pero siempre he sido muy miope. Eh, no me mires así, de verdad. Prometo salir a delante. A ver, por donde empiezo a contarte.
  El caso es que hay una frase que me martillea la cabeza. "Cuanto más te quiero, menos te lo demuestro". Y no si es verdad. Te prometo que yo he intentado cuidar de todos, que nadie se rompiera, aunque luego quebrara yo. Quizás no he sido el mejor en nada, pero he perdido mis tardes, mi tiempo, mi vida en personas que ya no están ahí. Y con ella ya son muchas. ¿Tan difícil es quererme? Tú estabas ahí desde antes que yo recuerde, me has visto llorar más que nadie. Anda, levanta y dime si de verdad soy yo o es el mundo. No estoy preparado para esto.
  El mundo sigue buscando diamante, y yo soy el carbón que no se quiere pulir. O el cabrón, depende de a quién le preguntes. Y duele mucho, ¿sabes? Joder que si duele. Mis primeras veces fueron torpes intentos de amar. Amar a gente porque todo el mundo amaba, pero yo no quería, no estaba preparado. Mi primera vez llegó con doce años. Tú ya lo sabes, ¿verdad? Primero de la ESO. Alguien increíble para el que yo no soy lo suficientemente increíble. Un diamante. También, aquel mismo día, me reencontré con alguien especial para mi. Pero el núcleo de carbón del centro de la tierra está demasiado aislado y no necesita un pedacito de carbón como yo.
  Ellos me han apoyado hasta hoy, pero se que aunque hayan aguantado hasta esta misma mañana, todo pende de un hilo, pues no soy lo que ellos esperan que sea. Ojalá me equivoque, ojalá estén conmigo cuando despiertes.
      Pasó bastante tiempo, la verdad. Y me encontré a otro pedazo de cabrón, como yo. O de carbón, depende de a quién le preguntes. Pero él quería ser diamante, y pulirnos era difícil. Siempre me decía que estaba muy solo. Ahora te entiendo, macho. Y tras mucho tiempo, el fue el primero en irse. Los motivos ya dan igual, a estas alturas. Espero que hayas podido convertirte en diamante. Yo sigo igual, como siempre.
  Luego llegó ella. Ya sabes, ya la conoces, te he hablado muchas veces de ella. Un diamante muy grande que quería esconderse debajo de muchas capas de carbón, como las cebollas. Pero bueno, eso dejémoslo para luego.
  Un poco más adelante, hice un pequeño descubrimiento. Un pedazo de carbón que presumía de su color negro. Es tan atractivo el color mate. Ella no quería ser diamante, como yo. Ella era como era y me regocijaba en conversaciones mundanas siendo como ambos éramos. Sin tapujos, sin disimulos, sin disfraces. Pero bueno. También se fue, ¿sabes? Nunca me dijo por qué. Simplemente una noche se fue sin despedirse. Y no va a volver. Y eso me hizo replantearme muchas cosas. Debo ser alguien muy decepcionante, pequeña. Me hizo darme cuenta de que soy como la masturbación. Tan estimulante el primer día que engancha, que la utilizas hasta que pruebas el sexo y te cansas de ella. Y, claro. ¿Quién va a querer masturbarse pudiendo follar? Menos mal que te tengo a ti. Despierta pronto, por favor.
El caso es que hace poco, escondido en mi islita, me trajo la marea un diamante. Era pequeñito, pero el más bonito que había visto nunca. Era precioso, ¿sabes? La marea lo dejó a los pies de una palmera, pero yo lo quise para mi. Y no quise enturbiarlo, no quería llevarlo puesto, sólo quería disfrutar de aquella pequeña obra de arte que me habían traído. Y pasaron las noches y un marinero atracó en la isla y se enamoró. De una forma distinta a como lo había hecho yo, él quería llevarlo puesto. Y yo quería verla feliz. Y el marinero hízose un anillo donde llevarlo. Y los dos partieron, rumbo mar adentro. De vez en cuando, todavía veo aquel barco a lo lejos, y el marinero alza la mano y me saluda con aquella preciosidad en el dedo corazón. La verdad es que la entiendo. ¿Quién querría vivir en una isla tomada por un náufrago loco pudiendo volar en alta mar?
  Y ya estamos aquí otra vez. Ella. No me mires así, es que se me ha metido algo en el ojo. Ella era el diamante más grande de todos. Entendí muchas cosas entonces. Entendí lo que era ser padre sin hijos, entendí lo que que era ser feliz sin haberlo sido nunca. Entendí lo que era echar de menos. Ya te he contado muchas veces todo lo que sentía, no tiene sentido que retome esa conversación. Y al final, tantas veces nos gritamos que nos necesitamos y era yo el único que la necesitaba a ella. Se pulió. Se quitó la capa mate y el envoltorio. Y todo el mundo pudo verla como la veía yo. Y ahora ya no me necesita, porque los demás se fijan en ella. Fui tan estúpido pensando que un diamante podría conformarse para siempre con un pedazo de carbón. O de cabrón, depende de a quién le preguntes. Ahora se pone sus mejores galas y barniza las miradas del mundo. ¿Para qué me iba a necesitar alguien así? Al fin y al cabo, yo solo soy un pedazo de carbón. Que no, que no estoy llorando, no seas pesada. Condenado a ya no poder olvidarla. Nunca más ser feliz, que duele mucho. Las sonrisas son para los payasos y yo sólo soy una marioneta que encima se ha roto, y reposa en un baúl por si alguien la necesita alguna vez.
  Y sigo llorando las lágrimas de todos aquellos que necesitaron un hombro donde llorar alguna vez. Y las sonrisas las dibujan en la cara de otras personas, mejores que yo. Siempre mejores que yo. Tampoco es muy difícil, hay muy pocas cosas más feas que el cabrón. Y al final, mi única patria son las personas que me quieren. Por eso no tengo patria. Por eso soy un vagabundo.
  Como la sonrisa de ese diamante que ha encontrado algo más estimulante que yo sin probar el sexo y al que yo no estoy invitado. Se feliz.
  Como la sonrisa de ese núcleo de carbón que ha encontrado una lava infinita en la que fundirse. Se feliz.
     Como la sonrisa de aquel carbón que quiso ser pulido y resplandecer antes los ojos del mundo. Se feliz.
  Como la sonrisa de aquel pedacito de cabrón que se llevó el tiempo y el viento, y que no he vuelto a ver. Se feliz.
  Como la sonrisa de aquella piedra preciosa que saluda, a veces, de entre los dedos de un marinero. Se feliz.
  Como la sonrisa de la más grande de las diamantes. Al menos, la más bonita, sin duda. Como alguien dijo alguna vez "ha sido un placer". Se feliz.
  Y hoy me siento como esa hormiga que un pie enorme pisa sin darse cuenta, y que cuando se da cuenta de que ha sido aplastada, el pie no siente lástimas. Al fin y al cabo, sólo es una hormiga.

  - Oye, chico, perdona pero tienes que salir. El horario de visitas ha terminado. No te preocupes, nosotros cuidaremos de ella.

  - Entiendo, no se preocupe, ya me salgo. En fin, pequeña. Mañana por la noche volveré. Espero que despiertes pronto, ¿eh? Tenemos muchos prados verdes por los que correr y muchos rincones donde escondernos de la mirada del mundo. Te quiero, Marina. Dulces sueños.

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