"Desde
que el mundo cambió,
estamos
mucho más unidos.
Con los
Digimon luchamos juntos contra el mal
..."
De
pronto, el televisor parpadea tenuemente, las imágenes se tornan grises hasta difuminarse en el color negro de la pantalla apagada.
Una mueca de insatisfacción asoma en la cara del bebé, que gime. Se
yergue sobre unas piernas menos temblorosas que hace unos minutos y
gira su pequeño cuerpo hacia atrás. Un enorme cerezo tiene el mando
del televisor en una de sus ramas, la cual parece una mano de cinco
dedos que se ciernen en torno al aparato.
- Aba
paba. Ado anamamamen. - Dice Pequeño.
La
estancia ha cambiado de repente. Las paredes de madera se han
convertido en juncos serpenteantes. Las baldosas de parqué son ahora
piedras recubiertas de un musgo verde y suave. El techo se desvanece
tenuamente hasta culminar la transmutación en copas de frondosos
cerezos. Ahora el de enfrente del niño no parece tan enorme. Una
brisa gélida acaricia su nuca y le obliga a envolverse entre sus
pequeños brazos.
- Ame'
el manro, po'favo. ¡Qué ze va a acaba' Digimo! ¡Quelo' ve'lo! -
Dice bajito Chico.
Por
toda respuesta, las hojas del árbol se erizan durante apenas un
segundo y sus brazos, si así pueden ser llamados, se retuercen de
arriba a abajo. Cuando ha completado su movimiento, el mando queda a
una altura mucho má
s cercana del chico. Una grieta comienza a formarse cerca de la copa del cerezo, en horizontal, pero con una curva siniestra.
s cercana del chico. Una grieta comienza a formarse cerca de la copa del cerezo, en horizontal, pero con una curva siniestra.
- En
serio, dame el mando, que quiero verlo, que hoy es el último
capítulo. - La voz claudica y se endurece, pero también se destensa
creando gallos al hablar.
El
tronco del cerezo se retuerce sobre sí mismo, girando, pero
retomando siempre la misma posición. La sonrisa lívida, casi
imperceptible, que subyace bajo dos labios de corteza se completa. El
contorno se hace más visible y entonces empieza a hablar.
-
Chico, tienes que crecer – La voz suena terriblemente grave, casi
como el quebrar de mil árboles al ser talados. - Crece de una vez.
- Pero
si sólo soy un bebé. Y sólo quiero ver la serie, por favor, suelta
el mando. - Dice Adolescente. Tiene algo de acné en la frente y los
carrillos. Y algo de barriga.
-
Mírate. No te engañes. Esa tele está estropeada, - dice señalando
con uno de los dedos de madera al televisor que hace ruidos extraños.
- y tú… Tú te rompiste con ella, chico.
Mayor
se mira las manos y las ve muy grandes, y ve el vello erizado de sus
brazos. Se vuelve a envolver entre ellos para taparse del frío.
Aunque no es frío físico.
- Me
mientes, yo sólo soy un niño. No juegues conmigo, jodida planta.
- ¿Los
niños no tienen prohibido decir tacos? - La sonrisa del árbol es
ahora nítida, y la parte superior del tronco casi parece un rostro.
Un rostro con una mueca de dolor, aunque no de dolor propio.
- Yo
soy un chico especial – Su voz se parece mucho ahora a la del
árbol, el cual parece haberse hecho mucho más pequeño.
- Sí
que lo eres, sí que lo eres. – El árbol hace una pausa. - Porque
estás roto… Y en tu mundo, los cachivaches rotos se tiran a la
basura. ¿Por qué tú no estás en la basura, chico?
Adulto
reflexiona. No le resulta fácil seguir la conversación. Encuentra
el mando tirado en el suelo, de pronto. A las raíces del cerezo. Y
siente que él solo quiero cogerlo y encender el televisor para
seguir con lo que estaba haciendo. Mira el rostro del árbol, que se
torna lastimero.
-
¿Puedo coger el mando, por favor? No quiero perderme la serie. - La
voz de Adulto ha quebrado por un momento.
-
Claro, chico, pero espera un momento. - El tronco tuerce su brazo,
demasiado poco rígido para tratarse de madera, y se arranca un
pedazo de madera de la espalda. Tan sólo es un palo, lo que para él
resulta una astilla, una vara. - Ten, te veo algo más débil.
Apóyate aquí.
-
Gracias, es usted muy amable. - Anciano cierra su mano en torno al
bastón y apoya el peso de su pierna derecha, cansada, sobre él.
Ahora se encuentra mucho mejor. - ¿Qué me ha pasado? ¿Usted lo
sabe?
De
pronto, Muerto se encuentra hablando con su reflejo, las hojas caídas
del árbol son mechones de pelo rizados y canosos que una vez fueron
morenos, las cuencas vacías del tronco, ojos verdes, aunque solo
cuando llora.
- Ya se
lo he dicho – Dice Muerto que una vez fue árbol. - Usted está
roto. Y las cosas rotas, deberían estar en el basurero.
- En el
basurero… Quizás pueda decirme como llegar allí – Comenta con
voz seca y pavorosa Esqueleto. - Si es mi sitio, debo ir.
La
mano huesuda que ahora se torna en el bastón de madera tiembla
sutilmente, pero de forma continua. Es el reflejo del miedo a ser lo
Chico nunca quiso ser.
-
Quizá… Exista otra solución. - Comenta reflejo despacio. La
última de las palabras casi es censurada por el sonido del viento
que se cuela entre las copas de los cerezos. Apenas un susurro.
-
¿Cuál? - Los ojos de Muerto se iluminan durante un breve momento y
la voz casi se le quiebra la voz al gritar.
- ¿Pero
de verdad quiere volver? De verdad quiere volver a romperse, ¿solo
por ver una serie? - Los labios del reflejo mastican las palabras con
algo más de dificultad, como si estuvieran recubiertos de madera.
-¡Quiero
ser un niño! ¡Quiero ser un niño! ¡Quiero ser un niño! - grita
casi con desesperación Anciano.
Los
gritos parecen extasiar a Reflejo, que cada vez se mueve menos,
como si estuviera atado al suelo. Si Adulto se hubiera fijado en sus
pies, vería cómo se fusionaban con el suelo cubierto de musco de
forma progresiva. El casi cerezo se hunde en sus ramas y en hondas
reflexionares se zambulle, apenas un momento antes de decir apenas
unas palabras más.
- Muy
bien, entonces coge el mando y enciende la tele. Intenta ser feliz,
chico.
Adolescente
no deja acabar las costosas palabras del cerezo y se funde en un
abrazo repentino con su tronco. Rápidamente, coge el mando y
presiona con ansiedad el botón rojo de la esquina superior derecha.
Mientras, a su espalda, el árbol está perdiendo las hojas a un
ritmo frenético. Una tras otra caen a un suelo de parqué y se
deshacen en él. Los bambúes se esconden tras el cemento de las
paredes, sin ventanas. Las copas de los cerezos más altos se vuelven
cuadradas y forman un techo ladrillo sobre Chico y Cerezo. El primero
de ellos tira el garrote que el segundo le había ofrecido para
sostenerse. Al caer, se fragmenta en dos grandes pedazos. Y poco a
poco deshace junto con el suelo de madera, junto con las hojas, junto
con las raíces de Cerezo, que poco a poco, deja de ser árbol y
Reflejo para ser suelo, y pared y techo. Las últimas palabras de
aquella “jodida planta” son apenas un susurro, un roce de las
hojas al caer, o quizás una inventiva del narrador. En la estancia
suena <<Pobre chico. Se feliz>> Pero bebé ya no lo
escucha. Balbucea feliz al ver que las animaciones han vuelto a
encontrarse con sus pupilas y ríe despreocupadamente. Sus manos
tiernas e infantiles aplauden, ignorando las transformación de todo
lo que a su al rededor estaba retomando su estado inicial. La tele
suena.
“Junto
a nuestros Digimon,
lucharemos
por el mundo con fuerza y amistad
hasta
librar la tierra,
¡de las
ruedas negras!
Y
descubrir la verdad,
el poder
del corazón.
¡Vente
al mundo digital!
¡DIGIMOOOOOOOOOOOOOOOOOOON!”
Tras
la canción, el televisor hace un sonido extraño y se distorsiona el
sonido. La tele deja de emitir ese canal. Ahora la caja tonta sólo
muestra tiras de colores verticales. Delante de ella, ya no hay nada.
Nadie la ve.
Entra
en la habitación una mujer. Está embarazada y tiene un cardenal en
la mejilla. Y los ojos rojos. Se sienta en el sofá, haciendo
caso omiso al televisor y se frota los lacrimales. Luego acaricia su
barriga en un gesto muy tierno. Se oyen ronquidos fuertes desde la
habitación continua.
- Me
gustaría decirte que todo va a salir bien, pequeño. - Dice la mujer
con una nota de pánico en la garganta. - No lo se. Pero voy a hacer
todo lo posible porque seas feliz, hijo. - La última de las palabras
se confunde con un sollozo. Cesan los ronquidos. Se oyen pasos.
- ¿Con
quién coño estás hablando, puta?
La
tele se apaga del todo.
La
habitación queda a oscuras.

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