martes, 23 de junio de 2015

Botella de Anís

Un bebé balbucea delante de un televisor de caja, grande, color mate. Es una habitación, sin ventanas, con el techo muy alto y sin puertas. Sin muebles. La única luz de la estancia la proyecta el televisor. Gatea para colocarse más cerca y sonríe viendo las animaciones que proyecta aquella caja tonta. Suena una música.

"Desde que el mundo cambió,
estamos mucho más unidos.
Con los Digimon luchamos juntos contra el mal
..."

De pronto, el televisor parpadea tenuemente, las imágenes se tornan grises hasta difuminarse en el color negro de la pantalla apagada. Una mueca de insatisfacción asoma en la cara del bebé, que gime. Se yergue sobre unas piernas menos temblorosas que hace unos minutos y gira su pequeño cuerpo hacia atrás. Un enorme cerezo tiene el mando del televisor en una de sus ramas, la cual parece una mano de cinco dedos que se ciernen en torno al aparato.

- Aba paba. Ado anamamamen. - Dice Pequeño.

La estancia ha cambiado de repente. Las paredes de madera se han convertido en juncos serpenteantes. Las baldosas de parqué son ahora piedras recubiertas de un musgo verde y suave. El techo se desvanece tenuamente hasta culminar la transmutación en copas de frondosos cerezos. Ahora el de enfrente del niño no parece tan enorme. Una brisa gélida acaricia su nuca y le obliga a envolverse entre sus pequeños brazos.

- Ame' el manro, po'favo. ¡Qué ze va a acaba' Digimo! ¡Quelo' ve'lo! - Dice bajito Chico.

Por toda respuesta, las hojas del árbol se erizan durante apenas un segundo y sus brazos, si así pueden ser llamados, se retuercen de arriba a abajo. Cuando ha completado su movimiento, el mando queda a una altura mucho má
s cercana del chico. Una grieta comienza a formarse cerca de la copa del cerezo, en horizontal, pero con una curva siniestra.

- En serio, dame el mando, que quiero verlo, que hoy es el último capítulo. - La voz claudica y se endurece, pero también se destensa creando gallos al hablar.

El tronco del cerezo se retuerce sobre sí mismo, girando, pero retomando siempre la misma posición. La sonrisa lívida, casi imperceptible, que subyace bajo dos labios de corteza se completa. El contorno se hace más visible y entonces empieza a hablar.

- Chico, tienes que crecer – La voz suena terriblemente grave, casi como el quebrar de mil árboles al ser talados. - Crece de una vez.
- Pero si sólo soy un bebé. Y sólo quiero ver la serie, por favor, suelta el mando. - Dice Adolescente. Tiene algo de acné en la frente y los carrillos. Y algo de barriga.
- Mírate. No te engañes. Esa tele está estropeada, - dice señalando con uno de los dedos de madera al televisor que hace ruidos extraños. - y tú… Tú te rompiste con ella, chico.

Mayor se mira las manos y las ve muy grandes, y ve el vello erizado de sus brazos. Se vuelve a envolver entre ellos para taparse del frío. Aunque no es frío físico.

- Me mientes, yo sólo soy un niño. No juegues conmigo, jodida planta.
- ¿Los niños no tienen prohibido decir tacos? - La sonrisa del árbol es ahora nítida, y la parte superior del tronco casi parece un rostro. Un rostro con una mueca de dolor, aunque no de dolor propio.
- Yo soy un chico especial – Su voz se parece mucho ahora a la del árbol, el cual parece haberse hecho mucho más pequeño.
- Sí que lo eres, sí que lo eres. – El árbol hace una pausa. - Porque estás roto… Y en tu mundo, los cachivaches rotos se tiran a la basura. ¿Por qué tú no estás en la basura, chico?

Adulto reflexiona. No le resulta fácil seguir la conversación. Encuentra el mando tirado en el suelo, de pronto. A las raíces del cerezo. Y siente que él solo quiero cogerlo y encender el televisor para seguir con lo que estaba haciendo. Mira el rostro del árbol, que se torna lastimero.

- ¿Puedo coger el mando, por favor? No quiero perderme la serie. - La voz de Adulto ha quebrado por un momento.
- Claro, chico, pero espera un momento. - El tronco tuerce su brazo, demasiado poco rígido para tratarse de madera, y se arranca un pedazo de madera de la espalda. Tan sólo es un palo, lo que para él resulta una astilla, una vara. - Ten, te veo algo más débil. Apóyate aquí.
- Gracias, es usted muy amable. - Anciano cierra su mano en torno al bastón y apoya el peso de su pierna derecha, cansada, sobre él. Ahora se encuentra mucho mejor. - ¿Qué me ha pasado? ¿Usted lo sabe?

De pronto, Muerto se encuentra hablando con su reflejo, las hojas caídas del árbol son mechones de pelo rizados y canosos que una vez fueron morenos, las cuencas vacías del tronco, ojos verdes, aunque solo cuando llora.

- Ya se lo he dicho – Dice Muerto que una vez fue árbol. - Usted está roto. Y las cosas rotas, deberían estar en el basurero.
- En el basurero… Quizás pueda decirme como llegar allí – Comenta con voz seca y pavorosa Esqueleto. - Si es mi sitio, debo ir.

La mano huesuda que ahora se torna en el bastón de madera tiembla sutilmente, pero de forma continua. Es el reflejo del miedo a ser lo Chico nunca quiso ser.

- Quizá… Exista otra solución. - Comenta reflejo despacio. La última de las palabras casi es censurada por el sonido del viento que se cuela entre las copas de los cerezos. Apenas un susurro.
- ¿Cuál? - Los ojos de Muerto se iluminan durante un breve momento y la voz casi se le quiebra la voz al gritar.
- ¿Pero de verdad quiere volver? De verdad quiere volver a romperse, ¿solo por ver una serie? - Los labios del reflejo mastican las palabras con algo más de dificultad, como si estuvieran recubiertos de madera.
-¡Quiero ser un niño! ¡Quiero ser un niño! ¡Quiero ser un niño! - grita casi con desesperación Anciano.

Los gritos parecen extasiar a Reflejo, que cada vez se mueve menos, como si estuviera atado al suelo. Si Adulto se hubiera fijado en sus pies, vería cómo se fusionaban con el suelo cubierto de musco de forma progresiva. El casi cerezo se hunde en sus ramas y en hondas reflexionares se zambulle, apenas un momento antes de decir apenas unas palabras más.

- Muy bien, entonces coge el mando y enciende la tele. Intenta ser feliz, chico.

Adolescente no deja acabar las costosas palabras del cerezo y se funde en un abrazo repentino con su tronco. Rápidamente, coge el mando y presiona con ansiedad el botón rojo de la esquina superior derecha. Mientras, a su espalda, el árbol está perdiendo las hojas a un ritmo frenético. Una tras otra caen a un suelo de parqué y se deshacen en él. Los bambúes se esconden tras el cemento de las paredes, sin ventanas. Las copas de los cerezos más altos se vuelven cuadradas y forman un techo ladrillo sobre Chico y Cerezo. El primero de ellos tira el garrote que el segundo le había ofrecido para sostenerse. Al caer, se fragmenta en dos grandes pedazos. Y poco a poco deshace junto con el suelo de madera, junto con las hojas, junto con las raíces de Cerezo, que poco a poco, deja de ser árbol y Reflejo para ser suelo, y pared y techo. Las últimas palabras de aquella “jodida planta” son apenas un susurro, un roce de las hojas al caer, o quizás una inventiva del narrador. En la estancia suena <<Pobre chico. Se feliz>> Pero bebé ya no lo escucha. Balbucea feliz al ver que las animaciones han vuelto a encontrarse con sus pupilas y ríe despreocupadamente. Sus manos tiernas e infantiles aplauden, ignorando las transformación de todo lo que a su al rededor estaba retomando su estado inicial. La tele suena.

“Junto a nuestros Digimon,
lucharemos por el mundo con fuerza y amistad
hasta librar la tierra,
¡de las ruedas negras!
Y descubrir la verdad,
el poder del corazón.
¡Vente al mundo digital!
¡DIGIMOOOOOOOOOOOOOOOOOOON!”
Tras la canción, el televisor hace un sonido extraño y se distorsiona el sonido. La tele deja de emitir ese canal. Ahora la caja tonta sólo muestra tiras de colores verticales. Delante de ella, ya no hay nada. Nadie la ve.
Entra en la habitación una mujer. Está embarazada y tiene un cardenal en la mejilla. Y los ojos rojos. Se sienta en el sofá, haciendo caso omiso al televisor y se frota los lacrimales. Luego acaricia su barriga en un gesto muy tierno. Se oyen ronquidos fuertes desde la habitación continua.

- Me gustaría decirte que todo va a salir bien, pequeño. - Dice la mujer con una nota de pánico en la garganta. - No lo se. Pero voy a hacer todo lo posible porque seas feliz, hijo. - La última de las palabras se confunde con un sollozo. Cesan los ronquidos. Se oyen pasos.
- ¿Con quién coño estás hablando, puta?

La tele se apaga del todo.


La habitación queda a oscuras.

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