sábado, 13 de junio de 2015

El final del camino - Capítulo primero, la melodía insonora.

Tenía frío, mucho frío. En numerosas ocasiones me había preguntado el porqué de aquella situación. No entendía cuál era mi papel en ella, simplemente desperté en aquel lugar aquella misma mañana. Pero la realidad a veces es dura, y hay que aceptarla. Yo tenía 18 años cuando todo ocurrió.

Después de maldecir varias veces mi sonambulismo, si es que realmente lo padezco, sopeso mis posibilidades. Apenas tengo veres para unas pocas horas y, si no los raciono, no sobreviviré en un ambiente tan hostil como en el que me encuentro. Paisaje ártico sin población ni, aparentemente, vida en varios kilómetros a la redonda. Es una imagen desoladora.
Intento mantener la cabeza fría, lo cual no me resulta muy difícil. La ventisca sopla con fuerza, el viento y la nieve azotan violentamente mi rostro. El cielo augura que el clima no iba a mejorar. La tormenta arrecia y yo me encuentro en el ojo del huracán. A priori, necesito encontrar un lugar donde cobijarme. Está bien, no debo perder la calma.
Camino durante varias horas, sin rumbo constante. Me pareció mucho tiempo, tal vez incluso días. El paso del tiempo se hace confuso cuando andas a ciegas con el cuerpo congelado por medio de una tormenta en mitad de la nada. Las cosas ya no pueden ir peor. Ja. Irónica frase aquella. Seguro que el destino es capaz de enviarme una bestia o quizás dos para que me muerda la lengua. Sonrío para mis adentros.
Los víveres empiezan a escasear y mis únicas herramientas son mis manos gastadas por el gélido viento. Para mejorar la situación, el Sol no ha salido ni una solo vez, luego no puedo orientarme. La tormenta borra mis huellas, tampoco puedo retroceder. Las piernas empiezan a fallar.
No puedo perder la esperanza, hasta en el rincón mas inhóspito del mundo existe vida, este condenado infierno no puede ser una excepción. Es a lo único que me aferro y buscaré esa vida sin descanso. Sin embargo, las fuerzas flaquean, pero yo tengo un... ¿pálpito? Llamadlo como queráis pero es algo que me empuja a continuar, mas hasta yo era consciente de que ni los buitres que auguran la muerte, habían decidido acompañarme en aquella la que podía ser mi hora final.
En aquellos momentos y sin yo querer, una lágrima resbala por mi mejilla y se precipita sobre la fría nieve. El tiempo se detiene en los breves instantes en los que cae inexorablemente y entraba en contacto sobre aquella gélida manta blanca que poblaba el suelo. Para mi sorpresa, una luz misteriosa a la par que siniestra parpadeo tenuemente en el mismo lugar donde había caído mi lágrima.
Son alucinaciones quizá lo único que me falta por padecer. Ya no se qué más hacer. No tiene sentido seguir caminando. Quizá debería empezar a ponerle punto final a este viaje involuntario que he emprendido.
Dirijo una última mirada hacia el lugar donde ha caído aquella gota de agua que encierra mi alma, resignándome a mi suerte e imaginando como, al igual que haré yo, mi lágrima se ha fundido con la gélida nieve que se alza victoriosamente a mi alrededor. Pero para mi sorpresa encuentro que donde la lágrima había perecido a manos del hielo, se alza ahora una perfecta gema en forma de rubí y mas cristalina que el mismísimo diamante. Aquella perfecta maravilla de la naturaleza que encierra mis sentimientos brilla ahora con luz propia, una luz pura, mágica, o al menos eso me parece a mí.
El corazón se me desenfrena por algún motivo y, movido por la curiosidad y el cansancio a partes iguales, hinco las rodillas sobre el suelo. La cojo y la sostengo con la mano derecha. El tiempo se para, el dolor se aísla, la tormenta se aleja y me invade una agradable sensación de pesadez por espacio de unos segundos. La aprieto y siento como la energía que emanan de ella recorren mi cuerpo y me devuelve una parte de mis fuerzas. Aún a riesgo de lastimarme, la aprieto con más fuerza para evitar que desaparezca de cualquier modo.
Suspiro.
He olvidado mis miedos durante un corto espacio de tiempo. La verdad es que me siento estúpido. Me he dejado llevar por la necesidad de encontrar algo que me levante y me empuje. Lo más probable es que haga tanto frío que el agua se congele incluso antes de llegar al suelo. Golpeo con frustración el suelo con la mano izquierda. ¿Y ahora qué? Ahora nada. Ahora a seguir hasta que acabe yo igual, cristalizado. Creo que, en caso de que sobreviva, aquel puñetazo me dolerá bastante mañana.
Me levanto y cierro los ojos durante un segundo. Sigamos. Doy un paso pero me doy cuenta que, bajo mis pies desnudos, el suelo ha cambiado. Una fina lluvia de copos cae pesadamente y una espesa bruma puebla la superficie. No puedo ver nada de lo que se cierne bajo mis pies. Avanzo otros pocos pasos y la sensación es la misma. ¿La imaginación me está jugando otra mala pasada? ¿Otra vez? Miro hacia atrás nada. Miro hacia delante y... entonces lo veo.
La tormenta exhalaba su último aliento con fiereza, pero ante se ha abierto un camino en mitad de la nieve producto de pequeñas lágrimas cristalizadas, como la mía.
No es posible. Parpadeo una y otra vez esperando que desaparezca y tenga que volver a resignarme a mi destino. Pero no es así. Aquel camino sigue allí, más nítido que nunca. Tengo la seguridad de que no es posible, pero nada de lo que me ha pasado por el momento lo es. He de seguirlo. El entorno se aclara un poco, demasiado poco para apreciar el cambio, pero lo suficiente como para ver a tres metros de donde camino. Comienzo a andar y con el paso del tiempo empiezo a ver un contorno al final del camino. Al principio no lo di importancia , pensé que no sería más que la sombra una montaña en la lejanía, inalcanzable para mí. Pero no, es algo de tamaño pequeño, algo inerte que, simplemente, está allí. No se mueve, no cae por la ventisca, no me transmite buenas vibraciones. La curiosidad gana a la prudencia y me acerco con necesidad a ¿A qué me estoy acercando? Da igual, estoy llegando. El final del camino se acerca. El objeto inerte adquiere una forma rectangular y descarto casi totalmente que sea humano. Está ya muy cerca. Sí, he llegado. Me paro enfrente de ello y no puedo creer lo que me encuentro.

¡Una puerta! ¡Una maldita puerta! ¡Una puerta sucia y corroída en medio de la nada! La palabra es increíble. Increíble el hecho de que haya cruzado medio mundo en la condiciones mas adversas para esto. Increíble que el me esté volviendo loco y creo que camino sobre una mina de cristales puros y perfectos. Increíble que una puerta se alce victoriosa ante la tormenta. Río de nuevo para mis adentros. ¿Quién habrá sido el pobre loco que la haya colocado aquí? Desde luego no está en sus cabales. No se me ocurre ninguna hipótesis con sentido. No puede ser que una ventisca se lleve una casa pero la puerta permanezca firme. Agarro con frustración el pomo de la puerta. Está congelado. La abro. Nada. Obviamente nada. Pero, ¿qué esperabas encontrar? ¿Un caminito de plumas esta vez, quizás? Aprieto los dientes. Paso por la puerta y cierro tras de con violencia y todas las fuerzas que me quedan. Y entonces me siento caer y caer y caer...

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