Tenía
frío,
mucho
frío.
En
numerosas
ocasiones me
había preguntado
el porqué
de
aquella
situación.
No entendía
cuál
era
mi papel
en ella,
simplemente
desperté
en
aquel
lugar
aquella
misma
mañana.
Pero
la
realidad a
veces
es
dura,
y
hay
que
aceptarla.
Yo tenía
18
años
cuando
todo ocurrió.
Después
de
maldecir
varias
veces
mi
sonambulismo,
si es
que realmente
lo
padezco,
sopeso
mis
posibilidades.
Apenas tengo
víveres
para unas
pocas
horas
y,
si
no
los
raciono,
no
sobreviviré
en
un
ambiente
tan hostil
como
en el
que
me
encuentro.
Paisaje
ártico
sin
población
ni, aparentemente,
vida
en varios
kilómetros
a
la redonda.
Es
una
imagen
desoladora.
Intento
mantener
la
cabeza
fría,
lo
cual
no
me
resulta
muy
difícil.
La ventisca
sopla
con
fuerza,
el viento
y
la nieve
azotan violentamente
mi
rostro.
El
cielo
augura
que
el clima
no
iba a mejorar.
La tormenta
arrecia
y
yo
me encuentro
en
el
ojo
del
huracán.
A priori,
necesito
encontrar
un
lugar
donde cobijarme.
Está bien,
no debo
perder
la
calma.
Camino
durante
varias
horas,
sin rumbo
constante.
Me
pareció mucho
tiempo,
tal
vez
incluso
días.
El
paso
del
tiempo
se
hace
confuso
cuando andas
a
ciegas con
el
cuerpo
congelado
por
medio
de
una tormenta
en mitad de
la
nada.
Las
cosas ya
no
pueden
ir peor.
Ja.
Irónica
frase
aquella.
Seguro
que el
destino
es capaz
de
enviarme
una
bestia
o
quizás dos para que
me muerda
la
lengua. Sonrío
para
mis adentros.
Los
víveres
empiezan
a
escasear
y
mis únicas
herramientas
son
mis manos
gastadas
por
el
gélido
viento.
Para
mejorar
la
situación,
el
Sol
no ha salido
ni
una
solo
vez,
luego
no puedo
orientarme.
La tormenta
borra
mis huellas,
tampoco puedo
retroceder.
Las piernas
empiezan
a fallar.
No
puedo
perder
la
esperanza,
hasta
en el rincón
mas
inhóspito del
mundo existe
vida,
este
condenado
infierno
no
puede
ser
una
excepción.
Es a lo
único
que me
aferro
y buscaré esa
vida
sin
descanso.
Sin embargo, las
fuerzas
flaquean,
pero
yo
tengo un...
¿pálpito?
Llamadlo
como
queráis
pero
es
algo
que
me
empuja
a
continuar,
mas hasta
yo
era
consciente de
que ni
los
buitres
que
auguran
la
muerte,
habían
decidido acompañarme
en aquella
la
que
podía ser
mi
hora
final.
En
aquellos momentos
y sin yo
querer,
una lágrima
resbala
por
mi mejilla
y se precipita
sobre
la fría
nieve. El tiempo
se detiene
en
los breves
instantes en
los
que
cae
inexorablemente
y
entraba
en contacto
sobre
aquella gélida
manta
blanca
que
poblaba
el
suelo.
Para
mi
sorpresa,
una
luz misteriosa
a
la
par
que
siniestra
parpadeo
tenuemente
en
el
mismo
lugar donde había caído
mi
lágrima.
Son alucinaciones quizá lo único que me falta por padecer. Ya no se
qué más hacer. No tiene sentido seguir caminando. Quizá debería
empezar a ponerle punto final a este viaje involuntario que he
emprendido.
Dirijo
una
última
mirada
hacia
el lugar
donde ha caído aquella
gota de
agua que
encierra
mi
alma,
resignándome
a mi
suerte
e imaginando
como,
al igual que
haré
yo, mi
lágrima
se ha fundido
con
la gélida nieve
que se alza victoriosamente
a
mi
alrededor.
Pero
para
mi
sorpresa
encuentro
que
donde la
lágrima
había
perecido
a
manos
del
hielo,
se
alza
ahora
una
perfecta
gema
en
forma
de
rubí
y
mas
cristalina
que
el
mismísimo
diamante.
Aquella perfecta
maravilla
de
la
naturaleza
que
encierra
mis
sentimientos
brilla
ahora con luz propia, una
luz pura, mágica,
o al menos eso me
parece
a mí.
El
corazón se
me
desenfrena
por
algún
motivo
y,
movido
por
la curiosidad
y
el
cansancio
a
partes
iguales,
hinco
las
rodillas
sobre
el
suelo. La
cojo
y la
sostengo con la
mano derecha.
El tiempo
se para,
el dolor
se aísla, la tormenta
se aleja y
me invade
una agradable
sensación de pesadez por
espacio
de
unos
segundos.
La
aprieto
y siento
como
la
energía
que emanan
de
ella recorren
mi
cuerpo
y me
devuelve
una parte
de mis
fuerzas. Aún a riesgo de
lastimarme,
la aprieto
con más
fuerza para
evitar que desaparezca de cualquier
modo.
Suspiro.
He
olvidado
mis
miedos
durante
un
corto
espacio
de
tiempo.
La
verdad es
que
me
siento
estúpido.
Me
he dejado
llevar
por
la
necesidad
de encontrar
algo que
me
levante y
me
empuje.
Lo
más
probable
es
que
haga tanto
frío
que
el agua
se congele
incluso
antes
de
llegar
al
suelo.
Golpeo
con frustración
el
suelo
con
la
mano
izquierda.
¿Y
ahora
qué? Ahora
nada. Ahora
a seguir hasta que acabe yo igual, cristalizado.
Creo
que,
en
caso
de
que
sobreviva,
aquel puñetazo me dolerá
bastante mañana.
Me
levanto
y
cierro
los
ojos
durante
un
segundo.
Sigamos.
Doy
un paso pero
me
doy
cuenta que,
bajo
mis
pies
desnudos,
el
suelo
ha
cambiado.
Una fina
lluvia
de
copos
cae
pesadamente
y
una
espesa
bruma
puebla la
superficie.
No puedo
ver
nada
de
lo
que
se
cierne
bajo
mis
pies. Avanzo
otros
pocos pasos y la sensación
es la
misma.
¿La
imaginación
me
está jugando
otra
mala
pasada?
¿Otra
vez?
Miro
hacia
atrás
nada.
Miro
hacia delante y...
entonces lo veo.
La
tormenta
exhalaba
su
último
aliento
con
fiereza,
pero ante mí
se
ha abierto
un
camino
en
mitad
de
la
nieve
producto
de
pequeñas lágrimas
cristalizadas,
como
la mía.
No
es posible. Parpadeo una y otra
vez esperando que desaparezca
y tenga que
volver
a
resignarme
a
mi
destino.
Pero
no
es
así. Aquel
camino
sigue allí,
más
nítido
que
nunca. Tengo
la
seguridad
de
que
no
es
posible, pero
nada
de
lo que
me
ha
pasado
por
el
momento
lo
es.
He
de
seguirlo.
El entorno
se
aclara
un
poco,
demasiado
poco
para
apreciar
el cambio,
pero lo suficiente como
para
ver
a tres
metros
de donde camino.
Comienzo
a andar
y con el
paso
del
tiempo
empiezo
a ver
un
contorno
al final
del
camino.
Al principio
no
lo
di
importancia
,
pensé
que
no
sería
más que la sombra
una montaña
en la lejanía, inalcanzable para mí.
Pero
no, es algo de
tamaño
pequeño, algo
inerte
que,
simplemente,
está allí.
No
se mueve,
no
cae
por
la
ventisca,
no
me
transmite
buenas
vibraciones.
La curiosidad
gana
a
la
prudencia
y
me
acerco
con
necesidad
a
…
¿A
qué me
estoy
acercando? Da
igual,
estoy
llegando. El
final
del
camino
se
acerca.
El objeto
inerte
adquiere
una
forma
rectangular
y
descarto casi
totalmente
que sea
humano.
Está
ya
muy
cerca.
Sí,
he
llegado.
Me
paro
enfrente
de
ello
y no puedo creer
lo que me
encuentro.
¡Una
puerta! ¡Una
maldita
puerta!
¡Una puerta
sucia y corroída
en medio de la
nada! La
palabra
es increíble. Increíble
el hecho
de
que
haya
cruzado
medio
mundo en la condiciones
mas
adversas
para
esto.
Increíble
que el
me esté
volviendo
loco
y
creo
que
camino
sobre
una
lámina
de cristales
puros
y perfectos.
Increíble
que una puerta
se alce victoriosa
ante la tormenta.
Río de
nuevo
para
mis
adentros.
¿Quién
habrá
sido el pobre
loco que
la haya
colocado
aquí? Desde luego no
está en sus cabales.
No se
me ocurre
ninguna hipótesis con
sentido. No puede ser
que
una
ventisca se
lleve
una casa
pero
la puerta
permanezca
firme.
Agarro
con
frustración
el pomo
de la puerta.
Está congelado.
La abro.
Nada. Obviamente
nada.
Pero,
¿qué esperabas
encontrar?
¿Un
caminito
de
plumas
esta
vez,
quizás? Aprieto
los dientes.
Paso
por
la
puerta
y
cierro
tras
de
mí
con
violencia
y
todas
las fuerzas
que me
quedan. Y entonces me siento caer y caer y caer...
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