Querido diario:
Como te conté hace tan solo unas horas, Drägan se suicidó. Decía que no merecía seguir con vida, que él había contribuido a la Gran Catástrofe. Así es como llamaba él al Suceso. Me contó lo que el sabía acerca de los hechos que lo habían propiciado, pero es bastante difícil de comprender. Al parecer, y según sus propias palabras, la manipulación del fluido propiciaba diversas enfermedades psicológicas por un tipo de radiación desconocida. Pero esto no había sucedido de la noche a la mañana. Todas las generaciones pasadas habían estado expuestas al contacto con este material, pero ninguna tantas horas y en tantas cantidades como las dos últimas. Habían colmado la defensa corporal contra los efectos del fluido. Y, según Drägan, los daños al cerebro eran totalmente irreparables. En otras palabras, provocaba esquizofrenia y enajenación mental, hasta el punto de sólo seguir los instintos primarios, ignorando la parte racional del cerebro. La conexión cerebro-corazón hacía que la enfermedad se propagara por la sangre. Los individuos infectados dejaban de pensar por si mismos y entraban en una fase de histeria denominado por Drägan como ‘la fase negra’. La exposición a la irradiación del fluido también otorgaba unas cualidades a los individuos infectados que él mismo calificó como sobrehumanas. Es decir, mayor capacidad física y mental, aunque está última sólo para ejecutar sus instintos primarios con mayor efectividad. Si bien, atrofiaba sus sentidos hasta el punto que les costaba ver y oír.
El Gobierno Central podría haber erradicado esta enfermedad vacunando a los individuos afectados con muestras de fluido antes de que el cerebro comenzase a fallar. Sin embargo, les cegaba el ansia de poder y no podían permitirse el lujo de perder unos cuantos litros del material en lo que ellos no consideraban más que peones. De modo que, y según me contó Drägan, les enviaron a todos a un centro de sanación a las afueras de esta ciudad, donde secretamente, pretendían acabar con ellos. No sólo trajeron habitantes de nuestra comunidad, si no de muchas otras. El centro de salud se llenó. Los infectados rozaron el millar. Y eso sólo en las comunidades circundantes, pero yo sospechaba que había más núcleos de proliferación de la enfermedad. Pero el Gobierno Mundial, sumido en sus pensamientos, imaginando cómo controlar al resto de maquetas que aún no habían sido contagiadas, no conocía las cualidades de estos individuos.
Cuando se unieron todos ellos, la catástrofe fue total. Exterminaron a la mayoría del personal sanitario y militar, y los que quedaron vivos, fueron corrompidos con el virus. Salieron del centro rápidamente, y la epidemia se extendió con mucha rapidez. Ocuparon velozmente la ciudad, asesinando a la mayoría de habitantes y contagiando a un gran número. Como la enfermedad se había acomodado en la sangre de los individuos contaminados, la exposición de sangre propia con la de un infestado, te transformaba en uno de ellos. En otras palabras, si uno de ellos te muerde cegado por el ansia de encontrar alimento, o tu sangre entra en contacto con la suya por cualquier otro método, quedas infectado con todas sus consecuencias.
El investigador no había conseguido especificar el tiempo de contagio, pero no parecía ser mucho, pues en cinco días, este núcleo había invadido la urbe y las circundantes. Drägan los llamaba ‘la Marabunta’. Creo que pasaré a llamarlos así. El caso es que se distribuían rápidamente, sin dejar tiempo de reacción para la actuación humana. Tengo conocimiento de que hay otro foco de miles de ellos al Sur, a las afueras. Sólo me queda esconderme y huir hacia el Norte, en busca de un grupo nómada de supervivientes, pues del Este es de donde vienen, y al Oeste sólo está el mar. Tengo miedo de no encontrar a nadie y quedarme sola hasta que me encuentren y acaben conmigo. Mañana volveré a escribir.
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