Posiblemente sea cierto que
la única ley a la que el universo está obligado a obedecer es la
mera casualidad. La ley de la incertidumbre, que la llaman algunos,
bautizada así por el señor Heisenberg. Esa ley tan abstracta que
dicta que jamás podremos saber a ciencia cierta lo que va a pasar.
Porque cada movimiento, cada acción y cada golpe de viento está
propiciado por unos hechos que no necesariamente pudieron ocurrir. El
hecho de la vida viene dado por una casualidad. Porque un orgánulo
celular decidió unirse con otro, y luego otro, creando así
estructuras complejas pero fuertemente variables que permitían
ayudar a su descendencia a progresar en un mundo hostil que devora
cada ser que se siente inseguro. En nuestro planeta Tierra, la
casualidad de la vida dio lugar a muchas grandes casualidades, como
los enormes reptilianos del terciario comúnmente llamados
dinosaurios. Pero otra casualidad más sitúo un enorme asteroide en
la zona de atracción de nuestro planeta. Y para desgracia de estos
seres, esto permitió a un primitivo simio erguirse sobre dos patas,
carácter que copiaron sus similares. Y sí, así se creó el hombre,
la forma de vida con mayor capacidad intelectual y a la vez más
estúpida que jamás nacerá de una casualidad. Algunos de los que,
por desgracia, he de considerar como mis semejantes, ponen nombres
propios a este fenómeno para evitar razonar y situar el conocimiento
humano entre estúpidos márgenes como si de un cubo de agua se
tratase. Alá, Dios, nombres comerciales que permiten a algunos de
los míos vivir felices pero engañados. Pero en la época en la que
yo nací, la gente ha encontrado un ente mucho más poderoso que
cualquier creencia religiosa. Dinero. La codicia del hombre por
poseer preferiblemente cuantos más fajos de esos billetes verdosos y
con la única función de tasar al hombre entre una cifra numérica
para separarnos entre escalones financieros es inconmensurable y crece
a medida que avanzan los siglos. Y son esos malditos billetes los que
contaminaron las mentes de los hombres y nublaron sus metas hasta
llegar a la casualidad que hoy vengo a relataros. Así que, perdonad
este pequeño interludio, porque la mayor casualidad de la Tierra
comienza ahora.
Corría el año 2080 y la
Tierra estaba tocando fondo. Se agotaron todos los recursos fósiles
allá por el año 63, y contra todo pronóstico, en vez de invertir
en energías renovables, las empresas apostaron por la energía
nuclear. Se reabrieron fábricas y, con ellas, las muertes por
exposición a la radiación de miles de peones y autómatas.
Demasiado tiempo viendo lo mismo. Ya no luchábamos ni nos
rebelábamos, no serviría de nada. Así pasó el tiempo hasta llegar
al año 2083, o año cero. Y es que partir de ese momento, todo el
planeta empezó a contar años de nuevo.
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