miércoles, 10 de junio de 2015

Mandíbulas y garras - Prólogo

     Posiblemente sea cierto que la única ley a la que el universo está obligado a obedecer es la mera casualidad. La ley de la incertidumbre, que la llaman algunos, bautizada así por el señor Heisenberg. Esa ley tan abstracta que dicta que jamás podremos saber a ciencia cierta lo que va a pasar. Porque cada movimiento, cada acción y cada golpe de viento está propiciado por unos hechos que no necesariamente pudieron ocurrir. El hecho de la vida viene dado por una casualidad. Porque un orgánulo celular decidió unirse con otro, y luego otro, creando así estructuras complejas pero fuertemente variables que permitían ayudar a su descendencia a progresar en un mundo hostil que devora cada ser que se siente inseguro. En nuestro planeta Tierra, la casualidad de la vida dio lugar a muchas grandes casualidades, como los enormes reptilianos del terciario comúnmente llamados dinosaurios. Pero otra casualidad más sitúo un enorme asteroide en la zona de atracción de nuestro planeta. Y para desgracia de estos seres, esto permitió a un primitivo simio erguirse sobre dos patas, carácter que copiaron sus similares. Y sí, así se creó el hombre, la forma de vida con mayor capacidad intelectual y a la vez más estúpida que jamás nacerá de una casualidad. Algunos de los que, por desgracia, he de considerar como mis semejantes, ponen nombres propios a este fenómeno para evitar razonar y situar el conocimiento humano entre estúpidos márgenes como si de un cubo de agua se tratase. Alá, Dios, nombres comerciales que permiten a algunos de los míos vivir felices pero engañados. Pero en la época en la que yo nací, la gente ha encontrado un ente mucho más poderoso que cualquier creencia religiosa. Dinero. La codicia del hombre por poseer preferiblemente cuantos más fajos de esos billetes verdosos y con la única función de tasar al hombre entre una cifra numérica para separarnos entre escalones financieros es inconmensurable y crece a medida que avanzan los siglos. Y son esos malditos billetes los que contaminaron las mentes de los hombres y nublaron sus metas hasta llegar a la casualidad que hoy vengo a relataros. Así que, perdonad este pequeño interludio, porque la mayor casualidad de la Tierra comienza ahora.



     Corría el año 2080 y la Tierra estaba tocando fondo. Se agotaron todos los recursos fósiles allá por el año 63, y contra todo pronóstico, en vez de invertir en energías renovables, las empresas apostaron por la energía nuclear. Se reabrieron fábricas y, con ellas, las muertes por exposición a la radiación de miles de peones y autómatas. Demasiado tiempo viendo lo mismo. Ya no luchábamos ni nos rebelábamos, no serviría de nada. Así pasó el tiempo hasta llegar al año 2083, o año cero. Y es que partir de ese momento, todo el planeta empezó a contar años de nuevo.

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