miércoles, 24 de junio de 2015

Mausoleo - Día X

     Día X después del Suceso.

     Querido diario:

     Me he vuelto a quedar sola. Kyle ha muerto. Bueno, yo le he matado. De nuevo, vuelvo a tenerte solo a ti.
     Después de escondernos en una casa lo bastante alta como para dificultar el paso a los infectados, y tapar las escaleras con muebles y atrancar las puertas como pudimos, logramos descansar. Si es que se puede llamar así. Intenté vendarle la herida, o curarle, pero Kyle dijo que ya no había remedio, que no serviría de nada. Algo se me rompió dentro entonces. Entendí que iba a morir.
     Me dijo que era muy importante que escuchara bien, porque no sabía si iba a aguantar mucho. Y he pensado que valdría la pena escribirlo. Él era un guarda la ciudad. Da igual el nombre a estas alturas porque las ciudades ya no existen. No me contó mucho acerca de él. No había tiempo.
     Al parecer pertenecía a un comando de supervivientes ocultos en algún punto de esta ciudad, rearmándose para lograr huir hacia más al Este. La prole estaba invadiendo este sector. Me dijo que estaban dejando pistas, señales en las paredes, flechas y señalizaciones por si encontraban alguna persona más. Él había quedado rezagado para ayudar a los otros. Me ha instado todas las ocasiones que le ha sido posible a encontrarlos, a reunirme con ellos y huir. Me ha dicho que sea valiente y... Irónicamente le he recordado a su hermana pequeña.
     Antes de caer rendido, me ha puesto su pistola en la mano apuntando hacia la sien. Me ha temblado la mano mucho. Con lagrimas en los ojos me ha pedido que lo haga, que el no quería hacer daño a nadie. Que no quería convertirse en uno de aquellos seres. Y cuando cerró los ojos, volví a quedarme sola. Las sábanas se mancharon de sangre. Y con los ojos enturbiados de lágrimas y una pistola que no sabía ni cargar, salí de aquel edificio como pude.
     Lo que quería escribir hace dos días es que había visto arañazos raros en las paredes.
     Se me ha acabado la tinta de un bolígrafo.

martes, 23 de junio de 2015

Botella de Ron

- Eh, despierta. ¿Estás ahí? Ya veo que no. Llevo diecinueve años esperando a que despiertes. Espero que algún día lo hagas, ¿eh? Tenemos mucho camino que recorrer. Y, aunque se que en ese estado de letargo, no puedes escucharme, se que sí puedes entenderme. Hoy, amiga, vengo a contarte algo desagradable. Ya, ya lo se. Se que últimamente siempre estamos con las mismas, pero ya me conoces. No hay muchas cosas buenas fuera de estas cuatro paredes. ¿Que por qué salgo fuera? Bueno, es complicado. Cuando despiertes saldremos tú y yo. Buscaremos algún rincón del mundo sólo para nosotros. Yo no necesito más.
Oye, ¿te has puesto celosa? ¿Por qué me miras así? Oh, entiendo. Es por ella, ¿verdad? Bueno, pues es posible que no vuelvas a estar celosa nunca más. Sí, vengo a hablarte de eso. Sí, estoy bien, ya sabes. Yo siempre estoy bien.
  No, no ha pasado nada, supongo. Nada que en el fondo no te hubiera contado antes que iba a pasar. Me dijiste que iba a ser difícil, lo se. Pero siempre he sido muy miope. Eh, no me mires así, de verdad. Prometo salir a delante. A ver, por donde empiezo a contarte.
  El caso es que hay una frase que me martillea la cabeza. "Cuanto más te quiero, menos te lo demuestro". Y no si es verdad. Te prometo que yo he intentado cuidar de todos, que nadie se rompiera, aunque luego quebrara yo. Quizás no he sido el mejor en nada, pero he perdido mis tardes, mi tiempo, mi vida en personas que ya no están ahí. Y con ella ya son muchas. ¿Tan difícil es quererme? Tú estabas ahí desde antes que yo recuerde, me has visto llorar más que nadie. Anda, levanta y dime si de verdad soy yo o es el mundo. No estoy preparado para esto.
  El mundo sigue buscando diamante, y yo soy el carbón que no se quiere pulir. O el cabrón, depende de a quién le preguntes. Y duele mucho, ¿sabes? Joder que si duele. Mis primeras veces fueron torpes intentos de amar. Amar a gente porque todo el mundo amaba, pero yo no quería, no estaba preparado. Mi primera vez llegó con doce años. Tú ya lo sabes, ¿verdad? Primero de la ESO. Alguien increíble para el que yo no soy lo suficientemente increíble. Un diamante. También, aquel mismo día, me reencontré con alguien especial para mi. Pero el núcleo de carbón del centro de la tierra está demasiado aislado y no necesita un pedacito de carbón como yo.
  Ellos me han apoyado hasta hoy, pero se que aunque hayan aguantado hasta esta misma mañana, todo pende de un hilo, pues no soy lo que ellos esperan que sea. Ojalá me equivoque, ojalá estén conmigo cuando despiertes.
      Pasó bastante tiempo, la verdad. Y me encontré a otro pedazo de cabrón, como yo. O de carbón, depende de a quién le preguntes. Pero él quería ser diamante, y pulirnos era difícil. Siempre me decía que estaba muy solo. Ahora te entiendo, macho. Y tras mucho tiempo, el fue el primero en irse. Los motivos ya dan igual, a estas alturas. Espero que hayas podido convertirte en diamante. Yo sigo igual, como siempre.
  Luego llegó ella. Ya sabes, ya la conoces, te he hablado muchas veces de ella. Un diamante muy grande que quería esconderse debajo de muchas capas de carbón, como las cebollas. Pero bueno, eso dejémoslo para luego.
  Un poco más adelante, hice un pequeño descubrimiento. Un pedazo de carbón que presumía de su color negro. Es tan atractivo el color mate. Ella no quería ser diamante, como yo. Ella era como era y me regocijaba en conversaciones mundanas siendo como ambos éramos. Sin tapujos, sin disimulos, sin disfraces. Pero bueno. También se fue, ¿sabes? Nunca me dijo por qué. Simplemente una noche se fue sin despedirse. Y no va a volver. Y eso me hizo replantearme muchas cosas. Debo ser alguien muy decepcionante, pequeña. Me hizo darme cuenta de que soy como la masturbación. Tan estimulante el primer día que engancha, que la utilizas hasta que pruebas el sexo y te cansas de ella. Y, claro. ¿Quién va a querer masturbarse pudiendo follar? Menos mal que te tengo a ti. Despierta pronto, por favor.
El caso es que hace poco, escondido en mi islita, me trajo la marea un diamante. Era pequeñito, pero el más bonito que había visto nunca. Era precioso, ¿sabes? La marea lo dejó a los pies de una palmera, pero yo lo quise para mi. Y no quise enturbiarlo, no quería llevarlo puesto, sólo quería disfrutar de aquella pequeña obra de arte que me habían traído. Y pasaron las noches y un marinero atracó en la isla y se enamoró. De una forma distinta a como lo había hecho yo, él quería llevarlo puesto. Y yo quería verla feliz. Y el marinero hízose un anillo donde llevarlo. Y los dos partieron, rumbo mar adentro. De vez en cuando, todavía veo aquel barco a lo lejos, y el marinero alza la mano y me saluda con aquella preciosidad en el dedo corazón. La verdad es que la entiendo. ¿Quién querría vivir en una isla tomada por un náufrago loco pudiendo volar en alta mar?
  Y ya estamos aquí otra vez. Ella. No me mires así, es que se me ha metido algo en el ojo. Ella era el diamante más grande de todos. Entendí muchas cosas entonces. Entendí lo que era ser padre sin hijos, entendí lo que que era ser feliz sin haberlo sido nunca. Entendí lo que era echar de menos. Ya te he contado muchas veces todo lo que sentía, no tiene sentido que retome esa conversación. Y al final, tantas veces nos gritamos que nos necesitamos y era yo el único que la necesitaba a ella. Se pulió. Se quitó la capa mate y el envoltorio. Y todo el mundo pudo verla como la veía yo. Y ahora ya no me necesita, porque los demás se fijan en ella. Fui tan estúpido pensando que un diamante podría conformarse para siempre con un pedazo de carbón. O de cabrón, depende de a quién le preguntes. Ahora se pone sus mejores galas y barniza las miradas del mundo. ¿Para qué me iba a necesitar alguien así? Al fin y al cabo, yo solo soy un pedazo de carbón. Que no, que no estoy llorando, no seas pesada. Condenado a ya no poder olvidarla. Nunca más ser feliz, que duele mucho. Las sonrisas son para los payasos y yo sólo soy una marioneta que encima se ha roto, y reposa en un baúl por si alguien la necesita alguna vez.
  Y sigo llorando las lágrimas de todos aquellos que necesitaron un hombro donde llorar alguna vez. Y las sonrisas las dibujan en la cara de otras personas, mejores que yo. Siempre mejores que yo. Tampoco es muy difícil, hay muy pocas cosas más feas que el cabrón. Y al final, mi única patria son las personas que me quieren. Por eso no tengo patria. Por eso soy un vagabundo.
  Como la sonrisa de ese diamante que ha encontrado algo más estimulante que yo sin probar el sexo y al que yo no estoy invitado. Se feliz.
  Como la sonrisa de ese núcleo de carbón que ha encontrado una lava infinita en la que fundirse. Se feliz.
     Como la sonrisa de aquel carbón que quiso ser pulido y resplandecer antes los ojos del mundo. Se feliz.
  Como la sonrisa de aquel pedacito de cabrón que se llevó el tiempo y el viento, y que no he vuelto a ver. Se feliz.
  Como la sonrisa de aquella piedra preciosa que saluda, a veces, de entre los dedos de un marinero. Se feliz.
  Como la sonrisa de la más grande de las diamantes. Al menos, la más bonita, sin duda. Como alguien dijo alguna vez "ha sido un placer". Se feliz.
  Y hoy me siento como esa hormiga que un pie enorme pisa sin darse cuenta, y que cuando se da cuenta de que ha sido aplastada, el pie no siente lástimas. Al fin y al cabo, sólo es una hormiga.

  - Oye, chico, perdona pero tienes que salir. El horario de visitas ha terminado. No te preocupes, nosotros cuidaremos de ella.

  - Entiendo, no se preocupe, ya me salgo. En fin, pequeña. Mañana por la noche volveré. Espero que despiertes pronto, ¿eh? Tenemos muchos prados verdes por los que correr y muchos rincones donde escondernos de la mirada del mundo. Te quiero, Marina. Dulces sueños.

Mausoleo - Día IX

Día IX después del Suceso.

Querido diario:

  Ayer me vi obligada a dejar de escribir repentinamente. Escuché un grito humano. Tuve claro que era humano porque llevaba esa nota de terror que la maldita prole no parece sentir.
  La curiosidad ganó a la prudencia y me obligada a acercarme. Me fui ocultando entre los soportales. Uno de ellos casi me ve, pero corría frenéticamente hacia delante. Tuve suerte de que no se fijara en mi.
  Al acercarme un poco más, escuché sonidos de armas, de balas disparándose, muchas a la vez. No sabía si eso era reconfortante o una señal para que saliera en dirección contraria. Pero decidí avanzar, un poco más.
  Lo que encontré fue a otro superviviente vestido con ropa del ejército, color añil y negro, encima de un vehículo de grandes dimensiones, de aquellos donde se transporta fluido, que tienen un gran bidón amarrado a la cabina. Con un arma automática había abatido a unos cuantos, pero parecía no haberse dado cuenta aún de lo que ocurre cuando haces ruido. Una vorágine de seres hambrientos de su maldita carnes estaban convergiendo en torno al camión.
  Nuestras miradas se cruzaron un momento. Al verme, saltó de aquella mole para intentar huir. No eran muchos y pudo encontrar un hueco entre los infectados. Me gritó que corriera y lanzó lo que supongo que era una granada hacia atrás. Una chispa brotó del motor tras la explosión del artefacto y se produjo una segundo explosión, esta vez ocasionada por el tanque de combustible. Me agarró del brazo fuerte y me arrastró tras él. Eso lo recuerdo muy bien.
  Al doblar una esquina, sin embargo, un rezagado se lanzó a su cuello arrancándole un trozo de carne por debajo del lóbulo. Se enzarzaron rodando en el suelo y consiguió dispararle en la cabeza. Se zafó del cuerpo y siguió corriendo con el cuello prendido se sangre. Y yo tras de él.
  Y ahora, ahora le estoy curando, no se si podré hacer nada por él, pero al menos lo estoy intentando. Se llama Kyle. Y no es muy optimista. Es tan triste que las primeras palabras que cruce con alguien en días sean así... Joder.
  Si mañana estoy viva, escribiré lo que me está contando y lo que quería escribir ayer. Espero que él también sobreviva. Me recuerda a mi hermano mayor.

Botella de Anís

Un bebé balbucea delante de un televisor de caja, grande, color mate. Es una habitación, sin ventanas, con el techo muy alto y sin puertas. Sin muebles. La única luz de la estancia la proyecta el televisor. Gatea para colocarse más cerca y sonríe viendo las animaciones que proyecta aquella caja tonta. Suena una música.

"Desde que el mundo cambió,
estamos mucho más unidos.
Con los Digimon luchamos juntos contra el mal
..."

De pronto, el televisor parpadea tenuemente, las imágenes se tornan grises hasta difuminarse en el color negro de la pantalla apagada. Una mueca de insatisfacción asoma en la cara del bebé, que gime. Se yergue sobre unas piernas menos temblorosas que hace unos minutos y gira su pequeño cuerpo hacia atrás. Un enorme cerezo tiene el mando del televisor en una de sus ramas, la cual parece una mano de cinco dedos que se ciernen en torno al aparato.

- Aba paba. Ado anamamamen. - Dice Pequeño.

La estancia ha cambiado de repente. Las paredes de madera se han convertido en juncos serpenteantes. Las baldosas de parqué son ahora piedras recubiertas de un musgo verde y suave. El techo se desvanece tenuamente hasta culminar la transmutación en copas de frondosos cerezos. Ahora el de enfrente del niño no parece tan enorme. Una brisa gélida acaricia su nuca y le obliga a envolverse entre sus pequeños brazos.

- Ame' el manro, po'favo. ¡Qué ze va a acaba' Digimo! ¡Quelo' ve'lo! - Dice bajito Chico.

Por toda respuesta, las hojas del árbol se erizan durante apenas un segundo y sus brazos, si así pueden ser llamados, se retuercen de arriba a abajo. Cuando ha completado su movimiento, el mando queda a una altura mucho má
s cercana del chico. Una grieta comienza a formarse cerca de la copa del cerezo, en horizontal, pero con una curva siniestra.

- En serio, dame el mando, que quiero verlo, que hoy es el último capítulo. - La voz claudica y se endurece, pero también se destensa creando gallos al hablar.

El tronco del cerezo se retuerce sobre sí mismo, girando, pero retomando siempre la misma posición. La sonrisa lívida, casi imperceptible, que subyace bajo dos labios de corteza se completa. El contorno se hace más visible y entonces empieza a hablar.

- Chico, tienes que crecer – La voz suena terriblemente grave, casi como el quebrar de mil árboles al ser talados. - Crece de una vez.
- Pero si sólo soy un bebé. Y sólo quiero ver la serie, por favor, suelta el mando. - Dice Adolescente. Tiene algo de acné en la frente y los carrillos. Y algo de barriga.
- Mírate. No te engañes. Esa tele está estropeada, - dice señalando con uno de los dedos de madera al televisor que hace ruidos extraños. - y tú… Tú te rompiste con ella, chico.

Mayor se mira las manos y las ve muy grandes, y ve el vello erizado de sus brazos. Se vuelve a envolver entre ellos para taparse del frío. Aunque no es frío físico.

- Me mientes, yo sólo soy un niño. No juegues conmigo, jodida planta.
- ¿Los niños no tienen prohibido decir tacos? - La sonrisa del árbol es ahora nítida, y la parte superior del tronco casi parece un rostro. Un rostro con una mueca de dolor, aunque no de dolor propio.
- Yo soy un chico especial – Su voz se parece mucho ahora a la del árbol, el cual parece haberse hecho mucho más pequeño.
- Sí que lo eres, sí que lo eres. – El árbol hace una pausa. - Porque estás roto… Y en tu mundo, los cachivaches rotos se tiran a la basura. ¿Por qué tú no estás en la basura, chico?

Adulto reflexiona. No le resulta fácil seguir la conversación. Encuentra el mando tirado en el suelo, de pronto. A las raíces del cerezo. Y siente que él solo quiero cogerlo y encender el televisor para seguir con lo que estaba haciendo. Mira el rostro del árbol, que se torna lastimero.

- ¿Puedo coger el mando, por favor? No quiero perderme la serie. - La voz de Adulto ha quebrado por un momento.
- Claro, chico, pero espera un momento. - El tronco tuerce su brazo, demasiado poco rígido para tratarse de madera, y se arranca un pedazo de madera de la espalda. Tan sólo es un palo, lo que para él resulta una astilla, una vara. - Ten, te veo algo más débil. Apóyate aquí.
- Gracias, es usted muy amable. - Anciano cierra su mano en torno al bastón y apoya el peso de su pierna derecha, cansada, sobre él. Ahora se encuentra mucho mejor. - ¿Qué me ha pasado? ¿Usted lo sabe?

De pronto, Muerto se encuentra hablando con su reflejo, las hojas caídas del árbol son mechones de pelo rizados y canosos que una vez fueron morenos, las cuencas vacías del tronco, ojos verdes, aunque solo cuando llora.

- Ya se lo he dicho – Dice Muerto que una vez fue árbol. - Usted está roto. Y las cosas rotas, deberían estar en el basurero.
- En el basurero… Quizás pueda decirme como llegar allí – Comenta con voz seca y pavorosa Esqueleto. - Si es mi sitio, debo ir.

La mano huesuda que ahora se torna en el bastón de madera tiembla sutilmente, pero de forma continua. Es el reflejo del miedo a ser lo Chico nunca quiso ser.

- Quizá… Exista otra solución. - Comenta reflejo despacio. La última de las palabras casi es censurada por el sonido del viento que se cuela entre las copas de los cerezos. Apenas un susurro.
- ¿Cuál? - Los ojos de Muerto se iluminan durante un breve momento y la voz casi se le quiebra la voz al gritar.
- ¿Pero de verdad quiere volver? De verdad quiere volver a romperse, ¿solo por ver una serie? - Los labios del reflejo mastican las palabras con algo más de dificultad, como si estuvieran recubiertos de madera.
-¡Quiero ser un niño! ¡Quiero ser un niño! ¡Quiero ser un niño! - grita casi con desesperación Anciano.

Los gritos parecen extasiar a Reflejo, que cada vez se mueve menos, como si estuviera atado al suelo. Si Adulto se hubiera fijado en sus pies, vería cómo se fusionaban con el suelo cubierto de musco de forma progresiva. El casi cerezo se hunde en sus ramas y en hondas reflexionares se zambulle, apenas un momento antes de decir apenas unas palabras más.

- Muy bien, entonces coge el mando y enciende la tele. Intenta ser feliz, chico.

Adolescente no deja acabar las costosas palabras del cerezo y se funde en un abrazo repentino con su tronco. Rápidamente, coge el mando y presiona con ansiedad el botón rojo de la esquina superior derecha. Mientras, a su espalda, el árbol está perdiendo las hojas a un ritmo frenético. Una tras otra caen a un suelo de parqué y se deshacen en él. Los bambúes se esconden tras el cemento de las paredes, sin ventanas. Las copas de los cerezos más altos se vuelven cuadradas y forman un techo ladrillo sobre Chico y Cerezo. El primero de ellos tira el garrote que el segundo le había ofrecido para sostenerse. Al caer, se fragmenta en dos grandes pedazos. Y poco a poco deshace junto con el suelo de madera, junto con las hojas, junto con las raíces de Cerezo, que poco a poco, deja de ser árbol y Reflejo para ser suelo, y pared y techo. Las últimas palabras de aquella “jodida planta” son apenas un susurro, un roce de las hojas al caer, o quizás una inventiva del narrador. En la estancia suena <<Pobre chico. Se feliz>> Pero bebé ya no lo escucha. Balbucea feliz al ver que las animaciones han vuelto a encontrarse con sus pupilas y ríe despreocupadamente. Sus manos tiernas e infantiles aplauden, ignorando las transformación de todo lo que a su al rededor estaba retomando su estado inicial. La tele suena.

“Junto a nuestros Digimon,
lucharemos por el mundo con fuerza y amistad
hasta librar la tierra,
¡de las ruedas negras!
Y descubrir la verdad,
el poder del corazón.
¡Vente al mundo digital!
¡DIGIMOOOOOOOOOOOOOOOOOOON!”
Tras la canción, el televisor hace un sonido extraño y se distorsiona el sonido. La tele deja de emitir ese canal. Ahora la caja tonta sólo muestra tiras de colores verticales. Delante de ella, ya no hay nada. Nadie la ve.
Entra en la habitación una mujer. Está embarazada y tiene un cardenal en la mejilla. Y los ojos rojos. Se sienta en el sofá, haciendo caso omiso al televisor y se frota los lacrimales. Luego acaricia su barriga en un gesto muy tierno. Se oyen ronquidos fuertes desde la habitación continua.

- Me gustaría decirte que todo va a salir bien, pequeño. - Dice la mujer con una nota de pánico en la garganta. - No lo se. Pero voy a hacer todo lo posible porque seas feliz, hijo. - La última de las palabras se confunde con un sollozo. Cesan los ronquidos. Se oyen pasos.
- ¿Con quién coño estás hablando, puta?

La tele se apaga del todo.


La habitación queda a oscuras.

viernes, 19 de junio de 2015

Mausoleo - Día VIII

     Día VIII después del Suceso.

     Querido diario:

     Me he encerrado en una casa a descansar y no he podido olvidar lo que hice ayer. Tan justificado en mi situación, tan ilógico en cualquier otra. ¿Qué está haciendo el mundo conmigo?
    No he podido evitar ponerme a llorar en cuanto encontré una casa donde descansar. Mi pequeño ataque de ansiedad provocó que un par de ellos despertaran de su somnolencia. Por suerte, había atrancado la puerta antes. No recordaba haberlo hecho. Tan autómata. De verdad que necesito encontrar a alguien.
    Me he quedado dormida hecha un ovillo detrás del sofá y pegada a la pared. Al desperar, ninguno apedreaba mi puerta. Pero debo ser más cuidadosa, les he visto hacer mucho más para conseguir comida.
    Desde mi no se sin tan cómoda posición en un tercero, he podido ver como vagaban una pequeña manada de ellos por la calle. Cuando no hay comida cerca los noto menos activos. Supongo que eso juega a mi favor siempre que pase desapercibida. He aguardado un par de horas aquí, he registrado la casa y he encontrado algo de comida. Aunque me siento muy claustrofóbica por momentos. Voy a acabar como Drägan, ¿verdad, Diario? Bueno, supongo que me pondré en marcha en unas horas.
     También he descubierto otra cosa, pero es complicada de contar. Ni siquiera se si se tratara de una pista o no, pero creo que es conveniente dejar

miércoles, 17 de junio de 2015

Mausoleo - Día VII

Día VII después del Suceso.

Querido diario:

     Un día más, un día menos. Si no te tuviera a ti, habría perdido la cuenta.
     Hoy he matado. Sabía que tarde o temprano llegaría. No me enorgullece, pero he tenido que hacerlo.
     Estaba andando por el extrarradio de la ciudad. Me he dado cuenta de que la zona céntrica está mucho más poblada. Tiene lógica, es dónde había más personas, allí no acusarán el hambre. Aún así, he intentado tener cuidado. Habiendo dejado la bici atrás, me he movido entre los edificios, intentando evitar las calles. Al pasar delante de un apartamento, unos golpes me han recibido detrás de la puerta. Unas manos rabiosas han golpeado la pared. Supongo que sería un niño infectado, porque en otro caso, la puerta hubiera cedido. Lo cual me lleva a pensar que Drägan tenía razón. Se han olvidado de quienes son. No hay vínculos familiares, ni nada que se le parezca. Sólo respirar, sobrevivir y alimentarse. Espero no convertirme hoy en su comida.
     Abandoné aquel piso por si había más de aquellos seres prole. Descanse un par de edificios más allá. Después de descansar y comer algo, y rebuscar infructuosamente el piso donde había parado, decidí que era mejor bajar a la calle para que no me sorprendieran de nuevo.
     Y allí lo vi. Un vehículo, abierto. Con las llaves puestas. Y dentro la escena más terrible que nadie podrá ver nunca. Una madre, con su hijo en brazos. Ella, muerta, con mordiscos en el cuello, en la cara y el pecho, totalmente manchada de sangre. En sus brazos inertes, un bebé de apenas unos dos años se revolvía con los ojos inyectados en sangre. Gimió con un siniestro placer cuando me vio e intentó zafarse del último abrazo de la madre para venir a por mi. Aquella pobre mujer... No se había convertido porque su cuerpo estaba demasiado deteriorado. O quizá me equivoque y se convierta en un tiempo. Y no supe qué hacer.
     La situación es desoladora. Quise irme, pero necesitaba montar en ese maldito trasto de cuatro ruedas. Cogí a la madre por un brazo, sin que el niño lograra alcanzarme con sus pequeños dedos. Su aspecto seguía siendo igual, salvo por esos extraños gritos guturales y ese rastro de odio en los ojos. Tiré bruscamente del cuerpo de la mujer desde el asiento del piloto hasta sacarlo del vehículo. El niño calló al suelo con el cuerpo de la madre y con un sonido seco, su cabeza golpeo en el suelo. Ahora, ambos, madre e hijo yacía sobre el frió suelo, juntos el uno al otro. No he podido más. Me he montado en aquel trozo de metal y he conducido hacia delante con la cara empapada de lágrimas. He atropellado a un infectado que andaba despacio por el medio de la calle. Ya me daba igual.
     A los pocos minutos se le ha acabado el combustible al coche. He cogido mis cosas y he bajado. Y ahora estoy andando, sola, acordándome de aquel pobre bebé que podía haber sido yo, si hubiera nacido un par de décadas antes.


     Te quiero, mamá.

martes, 16 de junio de 2015

El final del camino - Capítulo segundo, lamento de un prófugo.

Recupero la consciencia. Las extremidades me arden y a duras penas puedo respirar. Hay algo en el ambiente que abotarga mis sentidos y adormece mis músculos. Intento abrir los ojos, sin resultado. Los rpados me resultan demasiado pesados. Intento gatear, desplazarme, mover alguna extremidad, con los mismos resultados. Una oscuridad total se cierne ante mí. Un escalofrío recorre cada tramo de mi espina dorsal. Recibo un duro golpe en las costillas y me siento débil, al mite de mis fuerzas. Me vuelvo a sumir en un profundo sueño.
No sé si ha pasado minutos, horas o días. Posiblemente recobrara la consciencia varias veces más, no lo recuerdo. Tengo que concentrar todas mis fuerzas en respirar para no asfixiarme. Oigo sonar mi entrecortada respiración. Siento mucho, mucho dolor. Pero también siento curiosidad, más curiosidad que pánico. Los acontecimientos ocurridos anteriormente golpean mi mente como un martillo en la pared. El paraje ártico, la lágrima, el camino, la puerta... A los dieciocho años de edad el destino, dueño de todas las vidas de este mundo, me había aferrado a una muerte incomprensible. A mí, a ese chico curioso que nació dos semanas antes del vientre de su madre porque quería averiguar lo que había más allá de aquella prisión.
             ¡Irónico destino!
El caso es que, por lo que se ve, soy bastante cabezota, y decidí no morirme sin dirigir una mirada antes al horizonte. Aquella línea que se alza victoriosa en mitad de la guerra entre el cielo y la tierra. Aquella línea que toda la sabiduría esconde, esperando pacientemente para algún día, otorgarla. Abro los ojos paulatinamente esperando encontrarme con aquella visión. Pero lo que me encuentro no es ni el horizonte, ni mi campamento, ni siquiera aquel endiablado cementerio helado en el que pensaba que perecería. Esta vez una pesada luz fúnebre de color rojizo baña el ambiente, dándole un aura fantasmal. Observo mi cuerpo y veo mis ropas deshilachadas. Tengo magulladuras y un profundo corte a la altura del corazón. No tiene muy buena pinta. Intento moverme pero encuentro mis manos atadas con cadenas que ciernen sobre ellas como un depredador sobre su presa. Estoy harto, malherido y quiero acabar de una vez con esta historia de locos. Intento zafarme con las pocas fuerzas que me quedan. Pero entonces...
Entonces lo siento, un escalofrío agarrota mis músculos y me corta la respiración. Me vuelvo a sentir débil. Esta vez no voy a perder el sentido. Voy a mirar de frente a aquello que hay allí. que algo o alguien me observa. Él también sabe que me he despertado y camina hacia mí con parsimonia.
Un dedo recorre con lentitud cada tramo de mi espina dorsal y el ser resopla, como si el mero hecho de tocarme le produjese un inmenso placer. Me invade una sensación atroz, un miedo que no se puede explicar con palabras y que jamás he sentido. La impotencia de no poder mirar a los ojos a la muerte mientras esta juega cruelmente con el terror que invade mi mente... Instantes después siento unos labios acariciar mi espalda con infinita ternura. Mi corazón se desenfrena aún más y pienso que en cualquier momento este se abriría paso entre mi entrañas para salir por aquella brecha que sobre mi pecho se cernía. Cuando aquellos labios se retiraron de mi espalda sentí un dolor desmesurado y supe que dejaría una marca en el reverso de mi cuerpo que ni el paso del tiempo podría borrar.
Alcanzo entonces el máximo umbral de dolor que puedo aguantar. Un grito resquebrajado sale de mi garganta con ímpetu animal e inunda el ambiente. Una lágrima resbala por mi mejilla. El sonido se repite y supe que, en aquellos momentos, ni yo ni mis cuerdas vocales podrían aguantar una tercera vez.
Por espacio de unos segundos impera un silencio lúgubre que se ve cortado por mis sollozos. Nunca he llorado. Jamás. Así me han educado, no lloré ni siquiera el día que mi padre me dijo que mi madre se había marchado para no volver. Llorar representa debilidad, algo que ni mucho menos los cazadores podemos permitirnos. Muchos momentos de mi vida pasan por mi cabeza en el breve espacio de tiempo que separa dos segundos, tantos que no puedo enumerarlos. Las lágrimas de mi cara se funden con la sangre de mis heridas y caen pesadamente sobre el abrupto y agrietado suelo con un ruido sordo. Una de ellas cae sobre mi lágrima cristalizada, ensuciando la pureza de aquella obra maestra de la naturaleza.
Jijijiji La muerte ríe a escasos centímetros de mi espalda en un timbre de voz agudo. Es una mujer.
Se que tengo que decir algo.
¿Qui-quién eres? – La voz sale entrecortada de mi boca seca y mis labios cortados tan solo entorpecen más el intento de expulsar frases con sentido. Sin embargo aquella mujer parece entenderme.
Puess yo puedo sser tu mejor ssueño o tu peor pessadilla. – Respondió, marcando exageradamente las eses, como si tuviera una lengua bífida.
Oigo sus pasos lentos sobre el suelo. Sus pies desnudos se desplazan por él como si de caricias se trataran, casi levitando. Camina con ligereza rodeándome, hasta detenerse enfrente mía.
Aquella mujer parece sacada de un sueño. De mediana estatura, posee una figura perfecta, como si algún escultor hubiese dedicado entera su vida a perfeccionar cada tramo y cada fleco de su cuerpo. Cada mechón de su pelo rizado, negro como el ébano, cae por su espalda como una cascada eterna. Su piel es blanca, como la luz de la Luna, que reluce aún más en contraste a su cabellera. Tiene las orejas picudas, como aquellas criaturas que aparecen en mitos y que atrapan a los viajeros incautos con su hermosa canción. En las cuencas de sus ojos habitan dos pupilas del color de las esmeraldas, que me atrapan. Aquellas dos joyas que encierran sus párpados relucen con un brillo fantasmal y me doy cuenta que ningún ser humano puede tener unos ojos tan bellos como aquellos. Sus finos labios verdes dibujaban una sonrisa tornada que me conquista y me estremece a la vez. Viste con una fina túnica de tela que se ajustaba a su silueta y deja muy poco para la imaginación. Me fijo en que algo cuelga de su espalda. Son alas. Unas imponentes alas emplumadas de color negro. En ese momento las alza y me siento insignificante ante su porte.
Se acuclilla ante mí y pone un dedo sobre el profundo corte de mi pecho, lo que me produce un gran dolor. No puedo gritar, mi cuerpo en estos momentos no me pertenece.
Me llamo Lucy – Me susurra mientras acerca su rostro. – ¿Y tú?
Yo... Yo... Tartamudeo intentado pronunciar mi nombre pero me veo sumido en su embrujo.
Momentos después Lucy se aproxima aún más hasta poder ver el reflejo de mi rostro en sus pupilas y posa lentamente sus labios sobre los míos. Me falta el aire y siento como un ardor atroz inunda mi garganta. Por suerte, retira sus labios rápidamente. Si hubiese tardado unos segundos más, habría muerto asfixiado.
Posa entonces la palma de su mano en mi mejilla, en un gesto tierno, casi maternal. Aquello casi logra arrancarme otro gemido. Se acerca mucho a mí y propicia que casi pierda de nuevo la consciencia. Susurra:
¿No me lo vass a decir? ¿Sabess? Me gussta ssaber el nombre de miss invitadoss antess de... de... Y Lucy se acerca a mi oído, y sus labios rozan mi lóbulo mientras dice: – devorarloss... Y su sonrisa se completa.
Instantes más tarde se acerca aún más embriagándome con su perfume y poniendo en contacto su cuerpo con el mío. Posa su mano izquierda sobre mi pecho, lo que la debe colmar de un profunda placer. Lucy cierra los ojos y suspira, y ríe al ver en intenso dolor que provoca cada roce de su piel. Es como si, con cada gesto y cada caricia, me arrancase una parte de mi alma, hasta dejarme vacío.
¿Qué pena que lo bueno sse acabe tan temprano, no creess? – Dice esta vez en voz más alta.
Y cuando todo parece perdido, cuando me resigno a morir a manos de una bruja, siendo yo tan débil como para no poder resistir a su hechizo, Lucy baja la mirada y repara en la lágrima cristalizada que yace en el suelo a tan solo unos centímetros de mi cuerpo. Quién sabe por qué lo hizo, tal vez llevada por la curiosidad, como yo, o tal vez por la codicia pero retira del suelo y la contempla maravillada. Nunca podré preguntarle el motivo, ya que en aquel momento el cristal se rompe en mil pedazos en la rígida palma de su mano. Observo asombrado como retrocede, llevándose las manos al cuello, en clara señal de dolor. Me mira y en sus ojos no veo las dos esmeraldas que me habían maravillado antes, tan solo veo sus pupilas dilatadas, negras como el ébano. Cruzamos una mirada justo antes de ver el cuerpo de aquella hermosa dama arder en llamas que que ni el agua de todos los océanos podrían apagar.
Pierdo la consciencia, y pierdo la cuenta de las veces que lo he hecho ya. Pero esta vez una sensación de calma inunda mi corazón y destensa mis músculos y puedo descansar en paz. Siento como mis heridas cicatrizan rápidamente, como cesa el dolor. Siento como unos brazos me envuelven y me acunan con ternura. No si es un sueño o no, pero me veo volando sin rumbo, surcando el cielo rojizo de aquel extraño paraje, perdiéndome en él. Vuelo prendido de aquellas majestuosas alas negras y emplumadas que colgaban de la espalda de la probablemente, fenecida Lucy. Vuelo hacia la libertad. Hacia el horizonte, hacia la línea que todo sabiduría esconde, hasta desfallecer, aunque el mundo se derrumbe sobre mis hombros, aunque me cueste la vida.


Aunque en mi cabeza ronda una idea. Esto sólo es el principio. Aquí comienza mi travesía para encontrar la salida de una prisión más sólida incluso que los muros del alma.