Día X después del Suceso.
Querido diario:
Me he vuelto a quedar sola. Kyle ha muerto. Bueno, yo le he matado. De nuevo, vuelvo a tenerte solo a ti.
Después de escondernos en una casa lo bastante alta como para dificultar el paso a los infectados, y tapar las escaleras con muebles y atrancar las puertas como pudimos, logramos descansar. Si es que se puede llamar así. Intenté vendarle la herida, o curarle, pero Kyle dijo que ya no había remedio, que no serviría de nada. Algo se me rompió dentro entonces. Entendí que iba a morir.
Me dijo que era muy importante que escuchara bien, porque no sabía si iba a aguantar mucho. Y he pensado que valdría la pena escribirlo. Él era un guarda la ciudad. Da igual el nombre a estas alturas porque las ciudades ya no existen. No me contó mucho acerca de él. No había tiempo.
Al parecer pertenecía a un comando de supervivientes ocultos en algún punto de esta ciudad, rearmándose para lograr huir hacia más al Este. La prole estaba invadiendo este sector. Me dijo que estaban dejando pistas, señales en las paredes, flechas y señalizaciones por si encontraban alguna persona más. Él había quedado rezagado para ayudar a los otros. Me ha instado todas las ocasiones que le ha sido posible a encontrarlos, a reunirme con ellos y huir. Me ha dicho que sea valiente y... Irónicamente le he recordado a su hermana pequeña.
Antes de caer rendido, me ha puesto su pistola en la mano apuntando hacia la sien. Me ha temblado la mano mucho. Con lagrimas en los ojos me ha pedido que lo haga, que el no quería hacer daño a nadie. Que no quería convertirse en uno de aquellos seres. Y cuando cerró los ojos, volví a quedarme sola. Las sábanas se mancharon de sangre. Y con los ojos enturbiados de lágrimas y una pistola que no sabía ni cargar, salí de aquel edificio como pude.
Lo que quería escribir hace dos días es que había visto arañazos raros en las paredes.
Se me ha acabado la tinta de un bolígrafo.
miércoles, 24 de junio de 2015
martes, 23 de junio de 2015
Botella de Ron
- Eh, despierta. ¿Estás ahí? Ya veo que no. Llevo diecinueve años esperando a que despiertes. Espero que algún día lo hagas, ¿eh? Tenemos mucho camino que recorrer. Y, aunque se que en ese estado de letargo, no puedes escucharme, se que sí puedes entenderme. Hoy, amiga, vengo a contarte algo desagradable. Ya, ya lo se. Se que últimamente siempre estamos con las mismas, pero ya me conoces. No hay muchas cosas buenas fuera de estas cuatro paredes. ¿Que por qué salgo fuera? Bueno, es complicado. Cuando despiertes saldremos tú y yo. Buscaremos algún rincón del mundo sólo para nosotros. Yo no necesito más.
Oye, ¿te has puesto celosa? ¿Por qué me miras así? Oh, entiendo. Es por ella, ¿verdad? Bueno, pues es posible que no vuelvas a estar celosa nunca más. Sí, vengo a hablarte de eso. Sí, estoy bien, ya sabes. Yo siempre estoy bien.
No, no ha pasado nada, supongo. Nada que en el fondo no te hubiera contado antes que iba a pasar. Me dijiste que iba a ser difícil, lo se. Pero siempre he sido muy miope. Eh, no me mires así, de verdad. Prometo salir a delante. A ver, por donde empiezo a contarte.
El caso es que hay una frase que me martillea la cabeza. "Cuanto más te quiero, menos te lo demuestro". Y no si es verdad. Te prometo que yo he intentado cuidar de todos, que nadie se rompiera, aunque luego quebrara yo. Quizás no he sido el mejor en nada, pero he perdido mis tardes, mi tiempo, mi vida en personas que ya no están ahí. Y con ella ya son muchas. ¿Tan difícil es quererme? Tú estabas ahí desde antes que yo recuerde, me has visto llorar más que nadie. Anda, levanta y dime si de verdad soy yo o es el mundo. No estoy preparado para esto.
El mundo sigue buscando diamante, y yo soy el carbón que no se quiere pulir. O el cabrón, depende de a quién le preguntes. Y duele mucho, ¿sabes? Joder que si duele. Mis primeras veces fueron torpes intentos de amar. Amar a gente porque todo el mundo amaba, pero yo no quería, no estaba preparado. Mi primera vez llegó con doce años. Tú ya lo sabes, ¿verdad? Primero de la ESO. Alguien increíble para el que yo no soy lo suficientemente increíble. Un diamante. También, aquel mismo día, me reencontré con alguien especial para mi. Pero el núcleo de carbón del centro de la tierra está demasiado aislado y no necesita un pedacito de carbón como yo.
Ellos me han apoyado hasta hoy, pero se que aunque hayan aguantado hasta esta misma mañana, todo pende de un hilo, pues no soy lo que ellos esperan que sea. Ojalá me equivoque, ojalá estén conmigo cuando despiertes.
Pasó bastante tiempo, la verdad. Y me encontré a otro pedazo de cabrón, como yo. O de carbón, depende de a quién le preguntes. Pero él quería ser diamante, y pulirnos era difícil. Siempre me decía que estaba muy solo. Ahora te entiendo, macho. Y tras mucho tiempo, el fue el primero en irse. Los motivos ya dan igual, a estas alturas. Espero que hayas podido convertirte en diamante. Yo sigo igual, como siempre.
Luego llegó ella. Ya sabes, ya la conoces, te he hablado muchas veces de ella. Un diamante muy grande que quería esconderse debajo de muchas capas de carbón, como las cebollas. Pero bueno, eso dejémoslo para luego.
Un poco más adelante, hice un pequeño descubrimiento. Un pedazo de carbón que presumía de su color negro. Es tan atractivo el color mate. Ella no quería ser diamante, como yo. Ella era como era y me regocijaba en conversaciones mundanas siendo como ambos éramos. Sin tapujos, sin disimulos, sin disfraces. Pero bueno. También se fue, ¿sabes? Nunca me dijo por qué. Simplemente una noche se fue sin despedirse. Y no va a volver. Y eso me hizo replantearme muchas cosas. Debo ser alguien muy decepcionante, pequeña. Me hizo darme cuenta de que soy como la masturbación. Tan estimulante el primer día que engancha, que la utilizas hasta que pruebas el sexo y te cansas de ella. Y, claro. ¿Quién va a querer masturbarse pudiendo follar? Menos mal que te tengo a ti. Despierta pronto, por favor.
El caso es que hace poco, escondido en mi islita, me trajo la marea un diamante. Era pequeñito, pero el más bonito que había visto nunca. Era precioso, ¿sabes? La marea lo dejó a los pies de una palmera, pero yo lo quise para mi. Y no quise enturbiarlo, no quería llevarlo puesto, sólo quería disfrutar de aquella pequeña obra de arte que me habían traído. Y pasaron las noches y un marinero atracó en la isla y se enamoró. De una forma distinta a como lo había hecho yo, él quería llevarlo puesto. Y yo quería verla feliz. Y el marinero hízose un anillo donde llevarlo. Y los dos partieron, rumbo mar adentro. De vez en cuando, todavía veo aquel barco a lo lejos, y el marinero alza la mano y me saluda con aquella preciosidad en el dedo corazón. La verdad es que la entiendo. ¿Quién querría vivir en una isla tomada por un náufrago loco pudiendo volar en alta mar?
Y ya estamos aquí otra vez. Ella. No me mires así, es que se me ha metido algo en el ojo. Ella era el diamante más grande de todos. Entendí muchas cosas entonces. Entendí lo que era ser padre sin hijos, entendí lo que que era ser feliz sin haberlo sido nunca. Entendí lo que era echar de menos. Ya te he contado muchas veces todo lo que sentía, no tiene sentido que retome esa conversación. Y al final, tantas veces nos gritamos que nos necesitamos y era yo el único que la necesitaba a ella. Se pulió. Se quitó la capa mate y el envoltorio. Y todo el mundo pudo verla como la veía yo. Y ahora ya no me necesita, porque los demás se fijan en ella. Fui tan estúpido pensando que un diamante podría conformarse para siempre con un pedazo de carbón. O de cabrón, depende de a quién le preguntes. Ahora se pone sus mejores galas y barniza las miradas del mundo. ¿Para qué me iba a necesitar alguien así? Al fin y al cabo, yo solo soy un pedazo de carbón. Que no, que no estoy llorando, no seas pesada. Condenado a ya no poder olvidarla. Nunca más ser feliz, que duele mucho. Las sonrisas son para los payasos y yo sólo soy una marioneta que encima se ha roto, y reposa en un baúl por si alguien la necesita alguna vez.
Y sigo llorando las lágrimas de todos aquellos que necesitaron un hombro donde llorar alguna vez. Y las sonrisas las dibujan en la cara de otras personas, mejores que yo. Siempre mejores que yo. Tampoco es muy difícil, hay muy pocas cosas más feas que el cabrón. Y al final, mi única patria son las personas que me quieren. Por eso no tengo patria. Por eso soy un vagabundo.
Como la sonrisa de ese diamante que ha encontrado algo más estimulante que yo sin probar el sexo y al que yo no estoy invitado. Se feliz.
Como la sonrisa de ese núcleo de carbón que ha encontrado una lava infinita en la que fundirse. Se feliz.
Como la sonrisa de aquel carbón que quiso ser pulido y resplandecer antes los ojos del mundo. Se feliz.
Como la sonrisa de aquel pedacito de cabrón que se llevó el tiempo y el viento, y que no he vuelto a ver. Se feliz.
Como la sonrisa de aquella piedra preciosa que saluda, a veces, de entre los dedos de un marinero. Se feliz.
Como la sonrisa de la más grande de las diamantes. Al menos, la más bonita, sin duda. Como alguien dijo alguna vez "ha sido un placer". Se feliz.
Y hoy me siento como esa hormiga que un pie enorme pisa sin darse cuenta, y que cuando se da cuenta de que ha sido aplastada, el pie no siente lástimas. Al fin y al cabo, sólo es una hormiga.
- Oye, chico, perdona pero tienes que salir. El horario de visitas ha terminado. No te preocupes, nosotros cuidaremos de ella.
- Entiendo, no se preocupe, ya me salgo. En fin, pequeña. Mañana por la noche volveré. Espero que despiertes pronto, ¿eh? Tenemos muchos prados verdes por los que correr y muchos rincones donde escondernos de la mirada del mundo. Te quiero, Marina. Dulces sueños.
Oye, ¿te has puesto celosa? ¿Por qué me miras así? Oh, entiendo. Es por ella, ¿verdad? Bueno, pues es posible que no vuelvas a estar celosa nunca más. Sí, vengo a hablarte de eso. Sí, estoy bien, ya sabes. Yo siempre estoy bien.
No, no ha pasado nada, supongo. Nada que en el fondo no te hubiera contado antes que iba a pasar. Me dijiste que iba a ser difícil, lo se. Pero siempre he sido muy miope. Eh, no me mires así, de verdad. Prometo salir a delante. A ver, por donde empiezo a contarte.
El caso es que hay una frase que me martillea la cabeza. "Cuanto más te quiero, menos te lo demuestro". Y no si es verdad. Te prometo que yo he intentado cuidar de todos, que nadie se rompiera, aunque luego quebrara yo. Quizás no he sido el mejor en nada, pero he perdido mis tardes, mi tiempo, mi vida en personas que ya no están ahí. Y con ella ya son muchas. ¿Tan difícil es quererme? Tú estabas ahí desde antes que yo recuerde, me has visto llorar más que nadie. Anda, levanta y dime si de verdad soy yo o es el mundo. No estoy preparado para esto.
El mundo sigue buscando diamante, y yo soy el carbón que no se quiere pulir. O el cabrón, depende de a quién le preguntes. Y duele mucho, ¿sabes? Joder que si duele. Mis primeras veces fueron torpes intentos de amar. Amar a gente porque todo el mundo amaba, pero yo no quería, no estaba preparado. Mi primera vez llegó con doce años. Tú ya lo sabes, ¿verdad? Primero de la ESO. Alguien increíble para el que yo no soy lo suficientemente increíble. Un diamante. También, aquel mismo día, me reencontré con alguien especial para mi. Pero el núcleo de carbón del centro de la tierra está demasiado aislado y no necesita un pedacito de carbón como yo.
Ellos me han apoyado hasta hoy, pero se que aunque hayan aguantado hasta esta misma mañana, todo pende de un hilo, pues no soy lo que ellos esperan que sea. Ojalá me equivoque, ojalá estén conmigo cuando despiertes.
Pasó bastante tiempo, la verdad. Y me encontré a otro pedazo de cabrón, como yo. O de carbón, depende de a quién le preguntes. Pero él quería ser diamante, y pulirnos era difícil. Siempre me decía que estaba muy solo. Ahora te entiendo, macho. Y tras mucho tiempo, el fue el primero en irse. Los motivos ya dan igual, a estas alturas. Espero que hayas podido convertirte en diamante. Yo sigo igual, como siempre.
Luego llegó ella. Ya sabes, ya la conoces, te he hablado muchas veces de ella. Un diamante muy grande que quería esconderse debajo de muchas capas de carbón, como las cebollas. Pero bueno, eso dejémoslo para luego.
Un poco más adelante, hice un pequeño descubrimiento. Un pedazo de carbón que presumía de su color negro. Es tan atractivo el color mate. Ella no quería ser diamante, como yo. Ella era como era y me regocijaba en conversaciones mundanas siendo como ambos éramos. Sin tapujos, sin disimulos, sin disfraces. Pero bueno. También se fue, ¿sabes? Nunca me dijo por qué. Simplemente una noche se fue sin despedirse. Y no va a volver. Y eso me hizo replantearme muchas cosas. Debo ser alguien muy decepcionante, pequeña. Me hizo darme cuenta de que soy como la masturbación. Tan estimulante el primer día que engancha, que la utilizas hasta que pruebas el sexo y te cansas de ella. Y, claro. ¿Quién va a querer masturbarse pudiendo follar? Menos mal que te tengo a ti. Despierta pronto, por favor.
El caso es que hace poco, escondido en mi islita, me trajo la marea un diamante. Era pequeñito, pero el más bonito que había visto nunca. Era precioso, ¿sabes? La marea lo dejó a los pies de una palmera, pero yo lo quise para mi. Y no quise enturbiarlo, no quería llevarlo puesto, sólo quería disfrutar de aquella pequeña obra de arte que me habían traído. Y pasaron las noches y un marinero atracó en la isla y se enamoró. De una forma distinta a como lo había hecho yo, él quería llevarlo puesto. Y yo quería verla feliz. Y el marinero hízose un anillo donde llevarlo. Y los dos partieron, rumbo mar adentro. De vez en cuando, todavía veo aquel barco a lo lejos, y el marinero alza la mano y me saluda con aquella preciosidad en el dedo corazón. La verdad es que la entiendo. ¿Quién querría vivir en una isla tomada por un náufrago loco pudiendo volar en alta mar?
Y ya estamos aquí otra vez. Ella. No me mires así, es que se me ha metido algo en el ojo. Ella era el diamante más grande de todos. Entendí muchas cosas entonces. Entendí lo que era ser padre sin hijos, entendí lo que que era ser feliz sin haberlo sido nunca. Entendí lo que era echar de menos. Ya te he contado muchas veces todo lo que sentía, no tiene sentido que retome esa conversación. Y al final, tantas veces nos gritamos que nos necesitamos y era yo el único que la necesitaba a ella. Se pulió. Se quitó la capa mate y el envoltorio. Y todo el mundo pudo verla como la veía yo. Y ahora ya no me necesita, porque los demás se fijan en ella. Fui tan estúpido pensando que un diamante podría conformarse para siempre con un pedazo de carbón. O de cabrón, depende de a quién le preguntes. Ahora se pone sus mejores galas y barniza las miradas del mundo. ¿Para qué me iba a necesitar alguien así? Al fin y al cabo, yo solo soy un pedazo de carbón. Que no, que no estoy llorando, no seas pesada. Condenado a ya no poder olvidarla. Nunca más ser feliz, que duele mucho. Las sonrisas son para los payasos y yo sólo soy una marioneta que encima se ha roto, y reposa en un baúl por si alguien la necesita alguna vez.
Y sigo llorando las lágrimas de todos aquellos que necesitaron un hombro donde llorar alguna vez. Y las sonrisas las dibujan en la cara de otras personas, mejores que yo. Siempre mejores que yo. Tampoco es muy difícil, hay muy pocas cosas más feas que el cabrón. Y al final, mi única patria son las personas que me quieren. Por eso no tengo patria. Por eso soy un vagabundo.
Como la sonrisa de ese diamante que ha encontrado algo más estimulante que yo sin probar el sexo y al que yo no estoy invitado. Se feliz.
Como la sonrisa de ese núcleo de carbón que ha encontrado una lava infinita en la que fundirse. Se feliz.
Como la sonrisa de aquel carbón que quiso ser pulido y resplandecer antes los ojos del mundo. Se feliz.
Como la sonrisa de aquel pedacito de cabrón que se llevó el tiempo y el viento, y que no he vuelto a ver. Se feliz.
Como la sonrisa de aquella piedra preciosa que saluda, a veces, de entre los dedos de un marinero. Se feliz.
Como la sonrisa de la más grande de las diamantes. Al menos, la más bonita, sin duda. Como alguien dijo alguna vez "ha sido un placer". Se feliz.
Y hoy me siento como esa hormiga que un pie enorme pisa sin darse cuenta, y que cuando se da cuenta de que ha sido aplastada, el pie no siente lástimas. Al fin y al cabo, sólo es una hormiga.
- Oye, chico, perdona pero tienes que salir. El horario de visitas ha terminado. No te preocupes, nosotros cuidaremos de ella.
- Entiendo, no se preocupe, ya me salgo. En fin, pequeña. Mañana por la noche volveré. Espero que despiertes pronto, ¿eh? Tenemos muchos prados verdes por los que correr y muchos rincones donde escondernos de la mirada del mundo. Te quiero, Marina. Dulces sueños.
Mausoleo - Día IX
Día IX después del Suceso.
Querido diario:
Ayer me vi obligada a dejar de escribir repentinamente. Escuché un grito humano. Tuve claro que era humano porque llevaba esa nota de terror que la maldita prole no parece sentir.
La curiosidad ganó a la prudencia y me obligada a acercarme. Me fui ocultando entre los soportales. Uno de ellos casi me ve, pero corría frenéticamente hacia delante. Tuve suerte de que no se fijara en mi.
Al acercarme un poco más, escuché sonidos de armas, de balas disparándose, muchas a la vez. No sabía si eso era reconfortante o una señal para que saliera en dirección contraria. Pero decidí avanzar, un poco más.
Lo que encontré fue a otro superviviente vestido con ropa del ejército, color añil y negro, encima de un vehículo de grandes dimensiones, de aquellos donde se transporta fluido, que tienen un gran bidón amarrado a la cabina. Con un arma automática había abatido a unos cuantos, pero parecía no haberse dado cuenta aún de lo que ocurre cuando haces ruido. Una vorágine de seres hambrientos de su maldita carnes estaban convergiendo en torno al camión.
Nuestras miradas se cruzaron un momento. Al verme, saltó de aquella mole para intentar huir. No eran muchos y pudo encontrar un hueco entre los infectados. Me gritó que corriera y lanzó lo que supongo que era una granada hacia atrás. Una chispa brotó del motor tras la explosión del artefacto y se produjo una segundo explosión, esta vez ocasionada por el tanque de combustible. Me agarró del brazo fuerte y me arrastró tras él. Eso lo recuerdo muy bien.
Al doblar una esquina, sin embargo, un rezagado se lanzó a su cuello arrancándole un trozo de carne por debajo del lóbulo. Se enzarzaron rodando en el suelo y consiguió dispararle en la cabeza. Se zafó del cuerpo y siguió corriendo con el cuello prendido se sangre. Y yo tras de él.
Y ahora, ahora le estoy curando, no se si podré hacer nada por él, pero al menos lo estoy intentando. Se llama Kyle. Y no es muy optimista. Es tan triste que las primeras palabras que cruce con alguien en días sean así... Joder.
Si mañana estoy viva, escribiré lo que me está contando y lo que quería escribir ayer. Espero que él también sobreviva. Me recuerda a mi hermano mayor.
Querido diario:
Ayer me vi obligada a dejar de escribir repentinamente. Escuché un grito humano. Tuve claro que era humano porque llevaba esa nota de terror que la maldita prole no parece sentir.
La curiosidad ganó a la prudencia y me obligada a acercarme. Me fui ocultando entre los soportales. Uno de ellos casi me ve, pero corría frenéticamente hacia delante. Tuve suerte de que no se fijara en mi.
Al acercarme un poco más, escuché sonidos de armas, de balas disparándose, muchas a la vez. No sabía si eso era reconfortante o una señal para que saliera en dirección contraria. Pero decidí avanzar, un poco más.
Lo que encontré fue a otro superviviente vestido con ropa del ejército, color añil y negro, encima de un vehículo de grandes dimensiones, de aquellos donde se transporta fluido, que tienen un gran bidón amarrado a la cabina. Con un arma automática había abatido a unos cuantos, pero parecía no haberse dado cuenta aún de lo que ocurre cuando haces ruido. Una vorágine de seres hambrientos de su maldita carnes estaban convergiendo en torno al camión.
Nuestras miradas se cruzaron un momento. Al verme, saltó de aquella mole para intentar huir. No eran muchos y pudo encontrar un hueco entre los infectados. Me gritó que corriera y lanzó lo que supongo que era una granada hacia atrás. Una chispa brotó del motor tras la explosión del artefacto y se produjo una segundo explosión, esta vez ocasionada por el tanque de combustible. Me agarró del brazo fuerte y me arrastró tras él. Eso lo recuerdo muy bien.
Al doblar una esquina, sin embargo, un rezagado se lanzó a su cuello arrancándole un trozo de carne por debajo del lóbulo. Se enzarzaron rodando en el suelo y consiguió dispararle en la cabeza. Se zafó del cuerpo y siguió corriendo con el cuello prendido se sangre. Y yo tras de él.
Y ahora, ahora le estoy curando, no se si podré hacer nada por él, pero al menos lo estoy intentando. Se llama Kyle. Y no es muy optimista. Es tan triste que las primeras palabras que cruce con alguien en días sean así... Joder.
Si mañana estoy viva, escribiré lo que me está contando y lo que quería escribir ayer. Espero que él también sobreviva. Me recuerda a mi hermano mayor.
Botella de Anís
"Desde
que el mundo cambió,
estamos
mucho más unidos.
Con los
Digimon luchamos juntos contra el mal
..."
De
pronto, el televisor parpadea tenuemente, las imágenes se tornan grises hasta difuminarse en el color negro de la pantalla apagada.
Una mueca de insatisfacción asoma en la cara del bebé, que gime. Se
yergue sobre unas piernas menos temblorosas que hace unos minutos y
gira su pequeño cuerpo hacia atrás. Un enorme cerezo tiene el mando
del televisor en una de sus ramas, la cual parece una mano de cinco
dedos que se ciernen en torno al aparato.
- Aba
paba. Ado anamamamen. - Dice Pequeño.
La
estancia ha cambiado de repente. Las paredes de madera se han
convertido en juncos serpenteantes. Las baldosas de parqué son ahora
piedras recubiertas de un musgo verde y suave. El techo se desvanece
tenuamente hasta culminar la transmutación en copas de frondosos
cerezos. Ahora el de enfrente del niño no parece tan enorme. Una
brisa gélida acaricia su nuca y le obliga a envolverse entre sus
pequeños brazos.
- Ame'
el manro, po'favo. ¡Qué ze va a acaba' Digimo! ¡Quelo' ve'lo! -
Dice bajito Chico.
Por
toda respuesta, las hojas del árbol se erizan durante apenas un
segundo y sus brazos, si así pueden ser llamados, se retuercen de
arriba a abajo. Cuando ha completado su movimiento, el mando queda a
una altura mucho má
s cercana del chico. Una grieta comienza a formarse cerca de la copa del cerezo, en horizontal, pero con una curva siniestra.
s cercana del chico. Una grieta comienza a formarse cerca de la copa del cerezo, en horizontal, pero con una curva siniestra.
- En
serio, dame el mando, que quiero verlo, que hoy es el último
capítulo. - La voz claudica y se endurece, pero también se destensa
creando gallos al hablar.
El
tronco del cerezo se retuerce sobre sí mismo, girando, pero
retomando siempre la misma posición. La sonrisa lívida, casi
imperceptible, que subyace bajo dos labios de corteza se completa. El
contorno se hace más visible y entonces empieza a hablar.
-
Chico, tienes que crecer – La voz suena terriblemente grave, casi
como el quebrar de mil árboles al ser talados. - Crece de una vez.
- Pero
si sólo soy un bebé. Y sólo quiero ver la serie, por favor, suelta
el mando. - Dice Adolescente. Tiene algo de acné en la frente y los
carrillos. Y algo de barriga.
-
Mírate. No te engañes. Esa tele está estropeada, - dice señalando
con uno de los dedos de madera al televisor que hace ruidos extraños.
- y tú… Tú te rompiste con ella, chico.
Mayor
se mira las manos y las ve muy grandes, y ve el vello erizado de sus
brazos. Se vuelve a envolver entre ellos para taparse del frío.
Aunque no es frío físico.
- Me
mientes, yo sólo soy un niño. No juegues conmigo, jodida planta.
- ¿Los
niños no tienen prohibido decir tacos? - La sonrisa del árbol es
ahora nítida, y la parte superior del tronco casi parece un rostro.
Un rostro con una mueca de dolor, aunque no de dolor propio.
- Yo
soy un chico especial – Su voz se parece mucho ahora a la del
árbol, el cual parece haberse hecho mucho más pequeño.
- Sí
que lo eres, sí que lo eres. – El árbol hace una pausa. - Porque
estás roto… Y en tu mundo, los cachivaches rotos se tiran a la
basura. ¿Por qué tú no estás en la basura, chico?
Adulto
reflexiona. No le resulta fácil seguir la conversación. Encuentra
el mando tirado en el suelo, de pronto. A las raíces del cerezo. Y
siente que él solo quiero cogerlo y encender el televisor para
seguir con lo que estaba haciendo. Mira el rostro del árbol, que se
torna lastimero.
-
¿Puedo coger el mando, por favor? No quiero perderme la serie. - La
voz de Adulto ha quebrado por un momento.
-
Claro, chico, pero espera un momento. - El tronco tuerce su brazo,
demasiado poco rígido para tratarse de madera, y se arranca un
pedazo de madera de la espalda. Tan sólo es un palo, lo que para él
resulta una astilla, una vara. - Ten, te veo algo más débil.
Apóyate aquí.
-
Gracias, es usted muy amable. - Anciano cierra su mano en torno al
bastón y apoya el peso de su pierna derecha, cansada, sobre él.
Ahora se encuentra mucho mejor. - ¿Qué me ha pasado? ¿Usted lo
sabe?
De
pronto, Muerto se encuentra hablando con su reflejo, las hojas caídas
del árbol son mechones de pelo rizados y canosos que una vez fueron
morenos, las cuencas vacías del tronco, ojos verdes, aunque solo
cuando llora.
- Ya se
lo he dicho – Dice Muerto que una vez fue árbol. - Usted está
roto. Y las cosas rotas, deberían estar en el basurero.
- En el
basurero… Quizás pueda decirme como llegar allí – Comenta con
voz seca y pavorosa Esqueleto. - Si es mi sitio, debo ir.
La
mano huesuda que ahora se torna en el bastón de madera tiembla
sutilmente, pero de forma continua. Es el reflejo del miedo a ser lo
Chico nunca quiso ser.
-
Quizá… Exista otra solución. - Comenta reflejo despacio. La
última de las palabras casi es censurada por el sonido del viento
que se cuela entre las copas de los cerezos. Apenas un susurro.
-
¿Cuál? - Los ojos de Muerto se iluminan durante un breve momento y
la voz casi se le quiebra la voz al gritar.
- ¿Pero
de verdad quiere volver? De verdad quiere volver a romperse, ¿solo
por ver una serie? - Los labios del reflejo mastican las palabras con
algo más de dificultad, como si estuvieran recubiertos de madera.
-¡Quiero
ser un niño! ¡Quiero ser un niño! ¡Quiero ser un niño! - grita
casi con desesperación Anciano.
Los
gritos parecen extasiar a Reflejo, que cada vez se mueve menos,
como si estuviera atado al suelo. Si Adulto se hubiera fijado en sus
pies, vería cómo se fusionaban con el suelo cubierto de musco de
forma progresiva. El casi cerezo se hunde en sus ramas y en hondas
reflexionares se zambulle, apenas un momento antes de decir apenas
unas palabras más.
- Muy
bien, entonces coge el mando y enciende la tele. Intenta ser feliz,
chico.
Adolescente
no deja acabar las costosas palabras del cerezo y se funde en un
abrazo repentino con su tronco. Rápidamente, coge el mando y
presiona con ansiedad el botón rojo de la esquina superior derecha.
Mientras, a su espalda, el árbol está perdiendo las hojas a un
ritmo frenético. Una tras otra caen a un suelo de parqué y se
deshacen en él. Los bambúes se esconden tras el cemento de las
paredes, sin ventanas. Las copas de los cerezos más altos se vuelven
cuadradas y forman un techo ladrillo sobre Chico y Cerezo. El primero
de ellos tira el garrote que el segundo le había ofrecido para
sostenerse. Al caer, se fragmenta en dos grandes pedazos. Y poco a
poco deshace junto con el suelo de madera, junto con las hojas, junto
con las raíces de Cerezo, que poco a poco, deja de ser árbol y
Reflejo para ser suelo, y pared y techo. Las últimas palabras de
aquella “jodida planta” son apenas un susurro, un roce de las
hojas al caer, o quizás una inventiva del narrador. En la estancia
suena <<Pobre chico. Se feliz>> Pero bebé ya no lo
escucha. Balbucea feliz al ver que las animaciones han vuelto a
encontrarse con sus pupilas y ríe despreocupadamente. Sus manos
tiernas e infantiles aplauden, ignorando las transformación de todo
lo que a su al rededor estaba retomando su estado inicial. La tele
suena.
“Junto
a nuestros Digimon,
lucharemos
por el mundo con fuerza y amistad
hasta
librar la tierra,
¡de las
ruedas negras!
Y
descubrir la verdad,
el poder
del corazón.
¡Vente
al mundo digital!
¡DIGIMOOOOOOOOOOOOOOOOOOON!”
Tras
la canción, el televisor hace un sonido extraño y se distorsiona el
sonido. La tele deja de emitir ese canal. Ahora la caja tonta sólo
muestra tiras de colores verticales. Delante de ella, ya no hay nada.
Nadie la ve.
Entra
en la habitación una mujer. Está embarazada y tiene un cardenal en
la mejilla. Y los ojos rojos. Se sienta en el sofá, haciendo
caso omiso al televisor y se frota los lacrimales. Luego acaricia su
barriga en un gesto muy tierno. Se oyen ronquidos fuertes desde la
habitación continua.
- Me
gustaría decirte que todo va a salir bien, pequeño. - Dice la mujer
con una nota de pánico en la garganta. - No lo se. Pero voy a hacer
todo lo posible porque seas feliz, hijo. - La última de las palabras
se confunde con un sollozo. Cesan los ronquidos. Se oyen pasos.
- ¿Con
quién coño estás hablando, puta?
La
tele se apaga del todo.
La
habitación queda a oscuras.
viernes, 19 de junio de 2015
Mausoleo - Día VIII
Día
VIII después del Suceso.
Querido
diario:
Me
he encerrado en una casa a descansar y no he podido olvidar lo que
hice ayer. Tan justificado en mi situación, tan ilógico en cualquier otra. ¿Qué está haciendo el mundo conmigo?
No
he podido evitar ponerme a llorar en cuanto encontré una casa donde
descansar. Mi pequeño ataque de ansiedad provocó que un par de
ellos despertaran de su somnolencia. Por suerte, había atrancado la
puerta antes. No recordaba haberlo hecho. Tan autómata. De verdad
que necesito encontrar a alguien.
Me
he quedado dormida hecha un ovillo detrás del sofá y pegada a la
pared. Al desperar, ninguno apedreaba mi puerta. Pero debo ser más
cuidadosa, les he visto hacer mucho más para conseguir comida.
Desde mi no se sin tan cómoda posición en un tercero, he podido ver como vagaban una pequeña manada de ellos por la calle. Cuando no hay comida cerca los noto menos activos. Supongo que eso juega a mi favor siempre que pase desapercibida. He aguardado un par de horas aquí, he registrado la casa y he encontrado algo de comida. Aunque me siento muy claustrofóbica por momentos. Voy a acabar como Drägan, ¿verdad, Diario? Bueno, supongo que me pondré en marcha en unas horas.
También
he descubierto otra cosa, pero es complicada de contar. Ni siquiera
se si se tratara de una pista o no, pero creo que es conveniente
dejar
Desde mi no se sin tan cómoda posición en un tercero, he podido ver como vagaban una pequeña manada de ellos por la calle. Cuando no hay comida cerca los noto menos activos. Supongo que eso juega a mi favor siempre que pase desapercibida. He aguardado un par de horas aquí, he registrado la casa y he encontrado algo de comida. Aunque me siento muy claustrofóbica por momentos. Voy a acabar como Drägan, ¿verdad, Diario? Bueno, supongo que me pondré en marcha en unas horas.
miércoles, 17 de junio de 2015
Mausoleo - Día VII
Día
VII después del Suceso.
Querido diario:
Un
día más, un día menos. Si no te tuviera a ti, habría perdido la
cuenta.
Hoy
he matado. Sabía que tarde o temprano llegaría. No me enorgullece,
pero he tenido que hacerlo.
Estaba
andando por el extrarradio de la ciudad. Me he dado cuenta de que la
zona céntrica está mucho más poblada. Tiene lógica, es dónde había más personas, allí no acusarán el hambre. Aún así, he
intentado tener cuidado. Habiendo dejado la bici atrás, me he movido
entre los edificios, intentando evitar las calles. Al pasar delante
de un apartamento, unos golpes me han recibido detrás de la puerta.
Unas manos rabiosas han golpeado la pared. Supongo que sería un niño
infectado, porque en otro caso, la puerta hubiera cedido. Lo cual me
lleva a pensar que Drägan tenía razón. Se han olvidado de quienes
son. No hay vínculos familiares, ni nada que se le parezca. Sólo
respirar, sobrevivir y alimentarse. Espero no convertirme hoy en su
comida.
Abandoné
aquel piso por si había más de aquellos seres
prole. Descanse un par de edificios más allá. Después de descansar y
comer algo, y rebuscar infructuosamente el piso donde había parado,
decidí que era mejor bajar a la calle para que no me sorprendieran
de nuevo.
Y
allí lo vi. Un vehículo,
abierto. Con las llaves puestas. Y dentro la escena más terrible que
nadie podrá ver nunca. Una madre, con su hijo en brazos. Ella,
muerta, con mordiscos en el cuello, en la cara y el pecho, totalmente
manchada de sangre. En sus brazos inertes, un bebé de apenas unos
dos años
se revolvía con los ojos inyectados en sangre. Gimió con un
siniestro placer cuando me vio e intentó zafarse del último abrazo
de la madre para venir a por mi. Aquella pobre mujer... No se había
convertido porque su cuerpo estaba demasiado deteriorado. O quizá me
equivoque y se convierta en un tiempo. Y no supe qué hacer.
La
situación es desoladora. Quise
irme, pero necesitaba montar en ese maldito trasto de cuatro ruedas.
Cogí a la madre por un brazo, sin que el niño lograra alcanzarme
con sus pequeños dedos. Su aspecto seguía siendo igual, salvo por
esos extraños gritos guturales y ese rastro de odio en los ojos.
Tiré bruscamente del cuerpo de la mujer desde el asiento del piloto
hasta sacarlo del vehículo. El niño calló al suelo con el cuerpo
de la madre y con un sonido seco, su cabeza golpeo en el suelo.
Ahora, ambos, madre e hijo yacía sobre el frió suelo, juntos el uno
al otro. No he podido más. Me he montado en aquel trozo de metal y
he conducido hacia delante con la cara empapada de lágrimas. He
atropellado a un infectado que andaba despacio por el medio de la
calle. Ya me daba igual.
A
los pocos minutos se le ha acabado el combustible al coche. He cogido
mis cosas y he bajado. Y ahora estoy andando, sola, acordándome de
aquel pobre bebé que podía haber sido yo, si hubiera nacido un par
de décadas antes.
Te
quiero, mamá.
martes, 16 de junio de 2015
El final del camino - Capítulo segundo, lamento de un prófugo.
Recupero
la consciencia. Las extremidades
me
arden
y a
duras
penas puedo respirar.
Hay
algo en
el
ambiente
que
abotarga
mis
sentidos
y adormece
mis
músculos.
Intento
abrir
los
ojos,
sin
resultado.
Los
párpados
me resultan
demasiado
pesados.
Intento
gatear, desplazarme,
mover
alguna extremidad,
con
los
mismos
resultados.
Una
oscuridad
total
se
cierne
ante mí.
Un
escalofrío
recorre
cada
tramo
de
mi espina
dorsal.
Recibo un
duro
golpe en
las
costillas
y
me
siento
débil,
al
límite
de
mis
fuerzas.
Me
vuelvo
a sumir
en un profundo
sueño.
No
sé si ha pasado minutos,
horas
o días. Posiblemente
recobrara
la consciencia varias
veces
más,
no
lo
recuerdo.
Tengo que
concentrar
todas mis
fuerzas
en
respirar
para
no
asfixiarme.
Oigo
sonar
mi
entrecortada respiración.
Siento mucho, mucho dolor. Pero
también
siento curiosidad,
más curiosidad
que pánico. Los
acontecimientos
ocurridos
anteriormente
golpean mi
mente
como
un martillo
en
la pared.
El paraje
ártico,
la lágrima,
el camino,
la puerta... A los dieciocho años de edad el destino, dueño de
todas las vidas
de
este
mundo,
me
había
aferrado
a
una
muerte
incomprensible.
A mí, a
ese
chico
curioso
que
nació
dos
semanas
antes
del
vientre
de
su madre
porque
quería
averiguar
lo
que
había
más
allá
de
aquella
prisión.
¡Irónico
destino!
El
caso
es
que,
por
lo
que
se
ve,
soy
bastante cabezota,
y
decidí
no morirme
sin
dirigir
una
mirada
antes
al
horizonte. Aquella
línea
que
se
alza victoriosa
en
mitad
de
la
guerra
entre
el
cielo
y
la
tierra.
Aquella
línea
que toda la sabiduría
esconde, esperando pacientemente
para
algún día, otorgarla.
Abro
los
ojos
paulatinamente
esperando
encontrarme
con
aquella visión. Pero
lo
que
me
encuentro
no
es
ni
el
horizonte,
ni mi
campamento,
ni siquiera
aquel endiablado
cementerio
helado
en
el
que
pensaba
que perecería.
Esta
vez
una
pesada
luz
fúnebre
de
color rojizo
baña
el
ambiente,
dándole un
aura
fantasmal.
Observo
mi
cuerpo
y
veo
mis
ropas
deshilachadas. Tengo
magulladuras
y
un
profundo
corte
a
la
altura
del corazón.
No
tiene
muy
buena pinta.
Intento
moverme
pero
encuentro
mis
manos atadas
con
cadenas
que
ciernen
sobre
ellas
como
un depredador sobre
su
presa. Estoy
harto,
malherido
y
quiero
acabar
de
una
vez
con
esta historia
de
locos.
Intento
zafarme
con
las
pocas
fuerzas
que
me
quedan. Pero entonces...
Entonces
lo siento, un escalofrío
agarrota
mis
músculos y me corta
la respiración.
Me vuelvo
a sentir
débil. Esta
vez no voy
a perder
el sentido.
Voy
a
mirar
de
frente
a
aquello
que
hay
allí. Sé
que
algo
o
alguien
me
observa.
Él también
sabe que me
he despertado
y camina
hacia mí
con parsimonia.
Un dedo
recorre
con
lentitud
cada
tramo
de
mi
espina
dorsal y
el
ser resopla, como
si el mero hecho de tocarme
le produjese
un inmenso
placer. Me invade
una sensación
atroz,
un
miedo
que
no
se puede
explicar
con palabras
y
que
jamás
he
sentido.
La
impotencia
de
no
poder
mirar
a
los
ojos
a la
muerte
mientras
esta juega
cruelmente
con
el terror
que
invade
mi mente...
Instantes después
siento unos
labios
acariciar
mi
espalda
con infinita ternura. Mi
corazón se desenfrena aún más
y pienso que en cualquier momento este se
abriría
paso
entre
mi
entrañas
para salir por
aquella
brecha
que sobre
mi
pecho se
cernía.
Cuando aquellos
labios se retiraron
de mi espalda
sentí
un
dolor
desmesurado
y supe
que
dejaría
una
marca
en
el reverso de mi
cuerpo que ni el paso del tiempo
podría borrar.
Alcanzo
entonces el
máximo
umbral
de
dolor
que puedo
aguantar.
Un grito
resquebrajado
sale
de
mi
garganta
con
ímpetu
animal
e
inunda
el ambiente.
Una
lágrima
resbala
por
mi
mejilla.
El
sonido
se
repite
y
supe
que, en
aquellos
momentos, ni
yo
ni mis
cuerdas vocales
podrían
aguantar
una tercera
vez.
Por
espacio
de unos
segundos
impera
un silencio
lúgubre que
se
ve cortado
por
mis
sollozos.
Nunca
he
llorado.
Jamás.
Así me
han
educado,
no lloré
ni
siquiera
el
día
que
mi
padre
me
dijo
que
mi
madre
se
había
marchado
para
no
volver.
Llorar
representa
debilidad, algo
que ni
mucho
menos
los cazadores podemos
permitirnos.
Muchos
momentos
de mi
vida
pasan
por
mi cabeza
en
el breve
espacio de tiempo
que
separa dos segundos,
tantos que no
puedo enumerarlos.
Las
lágrimas
de mi
cara se
funden con
la sangre
de mis heridas
y caen
pesadamente sobre
el abrupto y
agrietado
suelo con un ruido sordo.
Una de
ellas
cae
sobre
mi
lágrima
cristalizada,
ensuciando la pureza
de aquella obra maestra
de la naturaleza.
–
Jijijiji
–
La
muerte
ríe
a
escasos
centímetros
de mi
espalda en
un timbre
de voz agudo. Es una mujer.
Se
que tengo que decir algo.
– ¿Qui-quién
eres? –
La voz
sale entrecortada
de
mi
boca
seca
y mis
labios cortados
tan solo
entorpecen
más
el intento
de
expulsar
frases
con sentido. Sin embargo aquella mujer
parece entenderme.
–
Puess
yo
puedo
sser
tu
mejor
ssueño o
tu peor
pessadilla.
– Respondió, marcando
exageradamente
las eses, como
si tuviera
una lengua bífida.
Oigo
sus
pasos
lentos
sobre
el
suelo. Sus
pies
desnudos
se
desplazan por él como
si de caricias
se trataran,
casi levitando.
Camina
con ligereza
rodeándome, hasta detenerse
enfrente
mía.
Aquella
mujer
parece sacada
de
un
sueño.
De
mediana
estatura,
posee una figura perfecta, como
si algún escultor hubiese
dedicado entera
su vida a perfeccionar
cada
tramo
y
cada
fleco
de
su
cuerpo.
Cada
mechón
de su
pelo
rizado,
negro
como
el
ébano, cae
por
su
espalda
como una cascada eterna.
Su
piel
es
blanca, como
la luz
de
la
Luna,
que
reluce
aún más
en
contraste
a
su
cabellera.
Tiene las
orejas
picudas,
como
aquellas criaturas
que aparecen en mitos
y que atrapan
a los viajeros
incautos con su hermosa
canción.
En
las
cuencas
de
sus
ojos
habitan
dos
pupilas
del
color de
las
esmeraldas,
que
me
atrapan.
Aquellas dos
joyas
que
encierran
sus párpados
relucen
con
un
brillo
fantasmal
y
me
doy
cuenta que
ningún
ser humano
puede
tener
unos
ojos
tan
bellos como
aquellos. Sus
finos labios verdes
dibujaban una
sonrisa tornada que me
conquista y
me
estremece
a la vez. Viste
con
una
fina
túnica
de
tela
que
se ajustaba
a su
silueta
y deja
muy
poco para
la
imaginación.
Me
fijo
en
que
algo
cuelga
de
su
espalda.
Son alas.
Unas
imponentes
alas
emplumadas
de
color
negro.
En
ese
momento
las alza y me
siento insignificante ante su porte.
Se
acuclilla
ante
mí y
pone
un
dedo sobre
el profundo
corte
de
mi
pecho, lo que
me
produce
un
gran
dolor. No puedo gritar,
mi
cuerpo en
estos momentos
no me pertenece.
– Me
llamo
Lucy
– Me susurra
mientras acerca su rostro.
– ¿Y
tú?
–
Yo...
Yo...
–
Tartamudeo
intentado
pronunciar
mi
nombre
pero
me veo sumido
en su embrujo.
Momentos
después
Lucy
se aproxima
aún
más
hasta
poder
ver
el reflejo
de
mi
rostro
en
sus
pupilas y
posa
lentamente
sus
labios
sobre
los míos.
Me
falta
el aire
y
siento
como
un
ardor
atroz
inunda
mi garganta.
Por suerte,
retira
sus
labios
rápidamente.
Si
hubiese
tardado
unos
segundos más, habría
muerto asfixiado.
Posa
entonces la palma
de su mano
en mi mejilla,
en un gesto tierno, casi
maternal.
Aquello
casi
logra
arrancarme
otro
gemido.
Se
acerca
mucho
a mí y propicia
que casi pierda
de nuevo la consciencia. Susurra:
–
¿No
me
lo vass
a
decir?
¿Sabess?
Me
gussta ssaber
el
nombre
de miss
invitadoss
antess
de...
de...
–
Y Lucy
se
acerca
a
mi
oído,
y
sus
labios rozan
mi
lóbulo
mientras
dice:
– devorarloss...
–
Y
su
sonrisa
se completa.
Instantes
más
tarde
se
acerca
aún
más embriagándome
con
su perfume
y
poniendo
en contacto
su
cuerpo
con
el
mío.
Posa
su mano
izquierda
sobre
mi
pecho, lo
que
la debe
colmar
de un profunda placer.
Lucy
cierra
los ojos
y suspira,
y ríe
al ver en intenso
dolor que provoca
cada roce
de su
piel.
Es
como
si,
con
cada
gesto
y
cada
caricia,
me
arrancase
una parte
de mi
alma,
hasta dejarme
vacío.
–
¿Qué
pena
que
lo
bueno
sse
acabe
tan
temprano,
no
creess?
– Dice esta vez
en voz más
alta.
Y
cuando
todo
parece
perdido,
cuando
me
resigno
a
morir
a manos de
una
bruja,
siendo
yo
tan
débil
como
para
no
poder
resistir
a
su hechizo,
Lucy
baja
la
mirada
y
repara
en
la
lágrima
cristalizada
que
yace
en el suelo a tan solo
unos centímetros
de mi
cuerpo. Quién
sabe por qué
lo hizo, tal
vez
llevada
por
la
curiosidad,
como
yo,
o
tal
vez
por
la
codicia
pero retira del suelo y
la
contempla
maravillada.
Nunca
podré
preguntarle
el motivo,
ya
que
en aquel
momento
el
cristal
se
rompe
en
mil
pedazos
en
la rígida
palma
de
su
mano.
Observo
asombrado
como
retrocede,
llevándose las manos
al cuello, en clara
señal
de
dolor.
Me mira
y en sus ojos
no veo las dos
esmeraldas
que
me habían maravillado
antes, tan
solo
veo sus pupilas
dilatadas, negras
como
el
ébano.
Cruzamos
una
mirada
justo antes
de
ver
el cuerpo
de
aquella hermosa
dama
arder
en llamas
que
sé
que
ni
el
agua
de todos los océanos
podrían
apagar.
Pierdo
la consciencia, y pierdo la cuenta de las veces que lo he hecho ya.
Pero
esta vez una sensación de
calma
inunda mi
corazón
y destensa
mis músculos y
puedo descansar
en
paz.
Siento
como
mis
heridas
cicatrizan
rápidamente,
como cesa
el dolor. Siento como
unos brazos
me
envuelven
y me
acunan
con
ternura.
No
sé
si
es
un
sueño
o
no, pero me
veo volando
sin rumbo,
surcando
el
cielo
rojizo
de aquel
extraño
paraje,
perdiéndome
en
él. Vuelo
prendido
de
aquellas majestuosas
alas negras
y emplumadas
que colgaban de la
espalda de la
probablemente,
fenecida Lucy.
Vuelo hacia la libertad.
Hacia el horizonte,
hacia
la línea que todo
sabiduría esconde, hasta
desfallecer, aunque el
mundo se derrumbe
sobre
mis
hombros,
aunque me
cueste la vida.
Aunque
en mi cabeza ronda una idea. Esto sólo es el principio. Aquí
comienza mi travesía para encontrar la salida de una prisión más
sólida incluso que los muros del alma.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
