Querido diario:
El tiempo vuela cuando te ves rodeada de infectados hambrientos dispuestos a devorar hasta el último trozo de tu cuerpo. Ya ha pasado casi una semana desde mi última ducha caliente. Desde mi última charla con mis compañeros. A saber donde estarán ahora. Muertos o convertidos. Una lástima. Aún no he encontrado ningún grupo de supervivientes, pero sigo en ello. Ya estoy casi en las afueras de la ciudad. Esto ha sido gracias a que esta mañana encontré una bici en buen estado tirada en la calle. Me he desplazado un par de kilómetros con ella, pero no lo veo un medio muy seguro, a pesar de ir por sitios poco transitados. Tengo que buscar algún vehículo con el que desplazarme. El problema es que tiene que estar ya abierto y con las llaves puestas. Dichosos cierres digitales. La vida del ladrón de vehículos era mucho más fácil cuando los cristales aún era de vidrio y fáciles de romper. De todas formas, alguno tiene que haber. Y cuando lo encuentre y pueda desplazarme dentro de un espacio cerrado, seguro de infectados, estaré más tranquila.
No se cuanto tiempo podremos aguantar los humanos a la prole. Tampoco se lo que podrán aguantar ellos. Supongo que, al ser individuos de mejores dotaciones físicas que nosotros, tendrá en una esperanza de vida más larga. Yo que sé. Ahora tienen abundancia de alimentos con todos los cadáveres. Esperemos que, cuando sufran escasez, este ejército empiece a caer. Soy atea, pero rezo por ello.
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