- Que tenga
una buena tarde. - Con esta frase, unos pasos lastimeros abandonan el
recinto. Tras una breve pausa, nuestro interlocutor vuelve a hablar.
- Artemisa, haz pasar al siguiente candidato, por favor.
- En
seguida, jefe.
Un hombre
muy despeinado y con aspecto de mendigo entra ahora en el despacho
ante la orden de Artemisa.
- Haga el
favor de sentarse. - Carraspea. - ¿Cómo he de dirigirse a usted?
- Llámame
cómo quiera, no hablaremos mucho, me temo. - Se sienta y le mira. -
Se ha arreglado mucho para la ocasión, por lo que vea. Dígame, ¿es
eso con lo que va usted a ayudarme?
La última
de las palabras del hombre con aspecto desaliñado suena con tenue
matiz indescifrable. Se refiere a la guadaña que, tras el hombre al
que Artemisa ha llamado "El Jefe", reposa con la hoja
apoyada en el suelo y la estaca sobre la pared.
- Primero
tendrá que pasar usted la prueba, si me permite. Bien, - Una mano
huesuda asoma entre los pliegues de la larga túnica negra y aborda
un bolígrafo de encima de la mesa. - empecemos. Señor... - Y le
mira. - Bueno, dejemos esto para el final. Dígame, caballero. ¿Por
qué quiere usted morir?
- Verá,
llevo pensándolo mucho tiempo y creo que soy el hombre idóneo pasa
esto, se lo aseguro.
- Sí,
bueno, tengo su currículo justo aquí delante y he de reconocer que
sus referencias son fantásticas. - "El Jefe" levanta la
cabeza del documento que estaba leyendo y mira al entrevistado. - Pero verá, caballero, no le voy a mentir. Es cierto que está usted muy
bien preparado pero tenemos una generosa lista de candidatos al menos
igual de bien formados.
En este
momento, el hablante apoya ambas manos sobre el borde de la mesa y
se empuja suavemente hacia atrás, arrastrando la silla sobre la que
está sentado tras de sí. Abre un cajón con la mano derecha y de
debajo del escritorio saca un fajo de documentos cuidadosamente
ordenados. Golpea suavemente el conjunto de papeles sobre la mesa
para colocarlos debidamente y los deja encima de la carpeta del hombre con el que
habla. Antes de reanudar la conversación, retoma la posición inicial
acercando la silla al escritorio. Sus pies huesudos, descalzos,
golpean accidentalmente las espinillas de su contrario.
- Perdón. -
Carraspea. - Como le iba diciendo, aquí tiene algunos ejemplos. Está
por ejemplo, este hombre al que su mujer, de la que estaba enamorado,
le engañó durante sus veinte largos años de matrimonio. Esas cosas
siempre son...
- Disculpe
la interrupción, ese soy yo.
"El
Jefe" mira incrédulo la hoja y, tras levantar
momentáneamente el conglomerado de documentos y dejar al descubierto
la carpeta roja, descubre que el nombre escrito en la esquina
superior derecha de ambos impresos es el mismo.
- Disculpe
usted, caballero. Pensé que Artemisa lo tendría todo ordenado.
Acaba de empezar aquí. Es extranjera, ¿sabe? Griega. Aún no conoce
mucho del idioma, pero suele ser muy ordenada, ha debido ser un
despiste.
- En
absoluto, no se preocupe. Siga, por favor.
- Pues bien,
como le iba diciendo, aquí tenemos otra mujer, huérfana, muy sola
toda su vida. Le fue complicado encontrar a personas con las que
compartir...
- De nuevo,
lamento interrumpirle, mi señor. Me temo que ese... o esa según ese
documento, también soy yo.
Con una
mirada indescifrable, las cuencas vacías de los ojos del jefe de
Artemisa, hicieron las comprobaciones pertinentes, con unos
resultados parejos a los anteriores.
- Vaya, sí,
me consta, he de darle la razón. - Carraspea. - Tendré que hablar
con mi secretaria hoy mismo. - Carraspea. - Discúlpeme. Continuemos.
- Por favor.
- Aquí
tengo también un candidato excepcional. Una buena persona, muy mal
tratada por el mundo, ¿sabe usted? Imagínese que apenas...
- ¿...
duerme porque pasa las noches en vela con jaquecas rezando por algo
mejor?
- ¿También
es usted?
- Eso me
temo, caballero.
Después de
revisar con idénticos resultados el resto de documentación sobre la
mesa y tras un largo silencio, el hombre la túnica negra retoma la
palabra.
- Bien, pues
no se qué decir. Es usted el candidato perfecto, caramba. Estoy sin palabras, ni siquiera se si nuestra empresa va a poder aportarle algo nuevo
a usted.
- Estoy
convencido de que sí, si usted, claro, está dispuesto a acogerme.
- Bien,
pues, ¿qué decir? - Carraspea. - Bienvenido a bordo, mi buen señor.
Ambos
individuos se levantan de sus pertinentes asientos y se acercaron
el uno al otro. La mano huesuda estrecha a la mano maltrecha y la
sacude enérgicamente hasta en tres ocasiones. El nuevo empleado
se despide con un gesto de muñeca al soltarse y se da la vuelta para
marchar.
- ¡Un
momento, caballero! - Se oye decir a su nuevo jefe. - Quiero darle
el salvoconducto antes de que se vaya. - Le da la espalda y se dirige
a la pared del fondo. Aún de espaldas le dice: - Verá, viendo el
desastre ordenatario que tengo en la oficina, lo mejor será que no
se lo envío por correo, ¿verdad? Por si se traspapela. - El otro
individuo asiente y, aunque "El Jefe" está de espaldas, parece
percibir el consentimiento de este. Con un gesto entre locuaz y
jovial, coge la guadaña con sus dos manos y sus falanges se
enredan en el madero. - Es la marca personal de nuestra empresa,
todo el mundo reconoce la calidad de nuestro trabajo gracias a este
sello. - La alza para verla mejor. El filo reluce a la luz que
entraba por la ventana con un suave pero tenue color anaranjado. Se
gira hacia el receptor. - Bueno, pues sin más dilación, supongo que
aquí tiene la recompensa por su merecido trabajo. Y bien, ¿cómo
debo dirigirme a usted?
- Puede
hacerlo por...
Aquella
frase nunca se completó. Con un rápido giro de brazos, el jefe
degüella a a su nuevo empleado, separando la cabeza de su cuerpo. La
cabeza rueda hasta debajo del escritorio y el cuerpo cae sobre el
suelo con un sonido seco. No hay sangre, ni gritos. Nada perturba la incipiente tranquilidad que ha reinado en el habitáculo.
- ¡Artemisa!
- Llama el jefe. Artemisa acude presta - Haz el favor de recoger a
nuestro nuevo empleado. Y, por favor, querida, ten cuidado con el
papeleo. Hoy estaba todo muy descuidado. - Ella asiente. - Haz pasar al
siguiente, si eres tan amable.
Con
cuidado, carga el cuerpo sobre sus brazos y sale con una enigmática y artificial
sonrisa del despacho. Su falda ronronea sus caderas cuando cierra la
puerta tras de sí. "El Jefe" se sienta y a los pocos
minutos la puerta se vuelve a abrir. Al sentarse, los pies del nuevo
individuo chocan con algo sólido bajo la mesa.
- Y dígame,
caballero, ¿usted por qué quiere morir?
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