miércoles, 10 de junio de 2015

Botella de Tequila

- Que tenga una buena tarde. - Con esta frase, unos pasos lastimeros abandonan el recinto. Tras una breve pausa, nuestro interlocutor vuelve a hablar. - Artemisa, haz pasar al siguiente candidato, por favor.
- En seguida, jefe.

     Un hombre muy despeinado y con aspecto de mendigo entra ahora en el despacho ante la orden de Artemisa.

- Haga el favor de sentarse. - Carraspea. - ¿Cómo he de dirigirse a usted?
- Llámame cómo quiera, no hablaremos mucho, me temo. - Se sienta y le mira. - Se ha arreglado mucho para la ocasión, por lo que vea. Dígame, ¿es eso con lo que va usted a ayudarme?

     La última de las palabras del hombre con aspecto desaliñado suena con tenue matiz indescifrable. Se refiere a la guadaña que, tras el hombre al que Artemisa ha llamado "El Jefe", reposa con la hoja apoyada en el suelo y la estaca sobre la pared.

- Primero tendrá que pasar usted la prueba, si me permite. Bien, - Una mano huesuda asoma entre los pliegues de la larga túnica negra y aborda un bolígrafo de encima de la mesa. - empecemos. Señor... - Y le mira. - Bueno, dejemos esto para el final. Dígame, caballero. ¿Por qué quiere usted morir?
- Verá, llevo pensándolo mucho tiempo y creo que soy el hombre idóneo pasa esto, se lo aseguro.
- Sí, bueno, tengo su currículo justo aquí delante y he de reconocer que sus referencias son fantásticas. - "El Jefe" levanta la cabeza del documento que estaba leyendo y mira al entrevistado. - Pero verá, caballero, no le voy a mentir. Es cierto que está usted muy bien preparado pero tenemos una generosa lista de candidatos al menos igual de bien formados.

     En este momento, el hablante apoya ambas manos sobre el borde de la mesa y se empuja suavemente hacia atrás, arrastrando la silla sobre la que está sentado tras de sí. Abre un cajón con la mano derecha y de debajo del escritorio saca un fajo de documentos cuidadosamente ordenados. Golpea suavemente el conjunto de papeles sobre la mesa para colocarlos debidamente y los deja encima de la carpeta del hombre con el que habla. Antes de reanudar la conversación, retoma la posición inicial acercando la silla al escritorio. Sus pies huesudos, descalzos, golpean accidentalmente las espinillas de su contrario.

- Perdón. - Carraspea. - Como le iba diciendo, aquí tiene algunos ejemplos. Está por ejemplo, este hombre al que su mujer, de la que estaba enamorado, le engañó durante sus veinte largos años de matrimonio. Esas cosas siempre son...
- Disculpe la interrupción, ese soy yo.

     "El Jefe" mira incrédulo la hoja y, tras levantar momentáneamente el conglomerado de documentos y dejar al descubierto la carpeta roja, descubre que el nombre escrito en la esquina superior derecha de ambos impresos es el mismo.

- Disculpe usted, caballero. Pensé que Artemisa lo tendría todo ordenado. Acaba de empezar aquí. Es extranjera, ¿sabe? Griega. Aún no conoce mucho del idioma, pero suele ser muy ordenada, ha debido ser un despiste.
- En absoluto, no se preocupe. Siga, por favor.
- Pues bien, como le iba diciendo, aquí tenemos otra mujer, huérfana, muy sola toda su vida. Le fue complicado encontrar a personas con las que compartir...
- De nuevo, lamento interrumpirle, mi señor. Me temo que ese... o esa según ese documento, también soy yo.

Con una mirada indescifrable, las cuencas vacías de los ojos del jefe de Artemisa, hicieron las comprobaciones pertinentes, con unos resultados parejos a los anteriores.

- Vaya, sí, me consta, he de darle la razón. - Carraspea. - Tendré que hablar con mi secretaria hoy mismo. - Carraspea. - Discúlpeme. Continuemos.
- Por favor.
- Aquí tengo también un candidato excepcional. Una buena persona, muy mal tratada por el mundo, ¿sabe usted? Imagínese que apenas...
- ¿... duerme porque pasa las noches en vela con jaquecas rezando por algo mejor?
- ¿También es usted?
- Eso me temo, caballero.

     Después de revisar con idénticos resultados el resto de documentación sobre la mesa y tras un largo silencio, el hombre la túnica negra retoma la palabra.

- Bien, pues no se qué decir. Es usted el candidato perfecto, caramba. Estoy sin palabras, ni siquiera se si nuestra empresa va a poder aportarle algo nuevo a usted.
- Estoy convencido de que sí, si usted, claro, está dispuesto a acogerme.
- Bien, pues, ¿qué decir? - Carraspea. - Bienvenido a bordo, mi buen señor.

     Ambos individuos se levantan de sus pertinentes asientos y se acercaron el uno al otro. La mano huesuda estrecha a la mano maltrecha y la sacude enérgicamente hasta en tres ocasiones. El nuevo empleado se despide con un gesto de muñeca al soltarse y se da la vuelta para marchar.

- ¡Un momento, caballero! - Se oye decir a su nuevo jefe. - Quiero darle el salvoconducto antes de que se vaya. - Le da la espalda y se dirige a la pared del fondo. Aún de espaldas le dice: - Verá, viendo el desastre ordenatario que tengo en la oficina, lo mejor será que no se lo envío por correo, ¿verdad? Por si se traspapela. - El otro individuo asiente y, aunque "El Jefe" está de espaldas, parece percibir el consentimiento de este. Con un gesto entre locuaz y jovial, coge la guadaña con sus dos manos y sus falanges se enredan en el madero. - Es la marca personal de nuestra empresa, todo el mundo reconoce la calidad de nuestro trabajo gracias a este sello. - La alza para verla mejor. El filo reluce a la luz que entraba por la ventana con un suave pero tenue color anaranjado. Se gira hacia el receptor. - Bueno, pues sin más dilación, supongo que aquí tiene la recompensa por su merecido trabajo. Y bien, ¿cómo debo dirigirme a usted?
- Puede hacerlo por...

     Aquella frase nunca se completó. Con un rápido giro de brazos, el jefe degüella a a su nuevo empleado, separando la cabeza de su cuerpo. La cabeza rueda hasta debajo del escritorio y el cuerpo cae sobre el suelo con un sonido seco. No hay sangre, ni gritos. Nada perturba la incipiente tranquilidad que ha reinado en el habitáculo.

- ¡Artemisa! - Llama el jefe. Artemisa acude presta - Haz el favor de recoger a nuestro nuevo empleado. Y, por favor, querida, ten cuidado con el papeleo. Hoy estaba todo muy descuidado. - Ella asiente. - Haz pasar al siguiente, si eres tan amable.

     Con cuidado, carga el cuerpo sobre sus brazos y sale con una enigmática y artificial sonrisa del despacho. Su falda ronronea sus caderas cuando cierra la puerta tras de sí. "El Jefe" se sienta y a los pocos minutos la puerta se vuelve a abrir. Al sentarse, los pies del nuevo individuo chocan con algo sólido bajo la mesa.


- Y dígame, caballero, ¿usted por qué quiere morir?

No hay comentarios:

Publicar un comentario