lunes, 8 de junio de 2015

Botella de Whiskey

     Querido buscador de tesoros:

     Perdone el infortunio, si es que lo sufrió. Lamento comunicarle que en esta carta no encontrará el mapa del tesoro que usted busca, si desea persistir en esta ocupación, le insto a dirigirse a la primera isla mano izquierda. Si aún quiere seguir leyendo, puedo ofrecerle otra cosa, no del mismo valor, se lo advierto. Tan sólo una confesión si usted quiere guardarme el secreto. Todo leyenda, si me permite, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

     Pues bien, amigo o amiga, esta es la historia de un náufrago que, enamorado del mar y su isla solitaria, se esconde de las tripulaciones que llegan en su búsqueda jornada tras jornada. Impensable para él, tacha de espejismos cualquier cabo que le ofrecen para agarrase.
Ha encontrado la felicidad encerrado en su bosque, su montaña, sus camaradas son las musas que acarician su espalda cuando en vela pasa las noches cercado en su cueva. Ya ha llorado mucho por todos los barcos que le abandonaron en esa isla, no confía en nadie, no llora, no le hace falta desquitarse, él está sólo, y sabe que el mar y la palmera no son amantes traidores.

     Él ahora es así. Es la palmera que se dobla y gira y se desvanece, pero que el mar no puede talar. Ha labrado una inmensa muralla cercando su isla y vive feliz entre ladrillos y cemento. Sólo hay sombra, todo él es sombra, pero sigue siendo feliz porque ya no duerme en esa cama que es la fuente de sus pesadillas. Al raso, como un indigente, disfruta del viento acariciando su cara, obviando el mundo: simplemente, para él ha dejado de existir.

     Y así, pasaron los años.

     Aunque siente la tentación de abandonar su preciada isla en pos de embarcar en los veleros que surcan las olas de las costas circundantes, decide que él es feliz sólo, y solo seguirá. Las magulladuras de la espalda por caer rendido al suelo, las manos labradas de trabajar y las piernas temblorosas de caminar son premios para él, que consiguen alejarle de su fatiga mental. Ya no le hablan voces en su cabeza. Ya no tiene la culpa de que papá y mamá discutan. Ya no tiene la culpa de que su hermano llore. Ya no llora él tampoco. Tiene miedo de volver a llorar. Náufrago no sabía llorar de felicidad, quizás ni siquiera entendía la felicidad, aquello quedaba lejos, muy lejos. Y así pasaron los barcos y los veleros bergantines, y pasaron popas y proas y dejaron de buscarle.

     Su isla creció. O eso creyó él. Aprendió a ser con ella, náufrago y naufragio en uno solo, hasta el punto del olvidar el nombre del barco en el que naufragó. Con el paso de los días se olvidó de las voces. Con el paso de las semanas se olvidó de los rostros. Y así, el mundo a su merced, reducido en aquel pequeño fragmento de tierra que había convertido en su hogar.

     Y así, pasaron los años.

     Náufrago ya no era náufrago del mar, era náufrago de la vida. Día tras días, pequeños duendes velaban su sueño. Él no lo sabía. Él sólo era amigo del mar y la palmera. Ellos le hacían feliz. Con Mar girando y retorciéndose como en una perfecta orgía de sentimientos, recordaba su humanidad. Con Palmera, doblándose pero no doblegándose nunca, recordaba su fragilidad.

     Ni Mar ni Palmera eran como él, pero le entendían plenamente. No necesitaba más, demasiadas piernas habían caminado junto a él y demasiados labios le habían prometido tiempos mejores en falsas promesas de amor eterno. El moreno de su piel confundía sus facciones hasta esconder su rostro, hasta quedarse quizá sin él. Un rostro no sirve de nada si no hay quién lo mire, al igual que la palabra que se gesta en la garganta para no ser nunca escuchada.

     Y así, pasaron los años..
Y con ellos, un barco apareció de nuevo. Era el primero que veía en mucho tiempo, quizá por su vista cansada, quizá por los altos muros de indiferencia que cercaban de su isla. Surcaba las olas sobre el lomo de Mar de un modo pendenciero, casi suicida. Se acercaba poco a poco a su isla.

     De un modo violento, la embarcación se acercó hasta amarrarse en la costa. A su costa. Palmera miraba casi anonada como aquel pequeño velero que ondeaba una bandera que vagamente le resultaba familiar, se dejó caer bajo una lluvia torrencial, en aquella, su isla solitaria. Y bajo el aguacero también se dejó caer de aquel velero, una audaz corsaria que, a lomos de su barco, parecía dispuesta a tomar la isla. Náufrago no se lo iba a permitir. Aquel era su pequeño rincón secreto, su Edén, quizá incluso algo más que es difícil expresar con palabras.

     Pero Corsaria llegó, y llegó con la fuerza de ese huracán que dobla a Palmera y hace estremecerse a Mar, llegó con el entusiasmo de un recién nacido y la paciencia de quién tiene a sus espaldas una guerra. Pero llegó. Y plantó la bandera que ondeaba aquel velero nacido de entre las olas en el hueco del muro roto.

     Y esta vez, los años dejaron de pasar.

     Y ahora Náufrago no es Náufrago, porque Náufrago es Feliz. Porque sigue teniendo a Palmera y a Mar, y sigue amando su rincón de soledad, pero ahora, de vez en cuando, también cabalga a lomos del velero junto Corsaria. Y ya no se acuerda de lo sufrido, ni sabe ni pregunta por qué Corsaria está allí. Sólo sabe que no le importa si a Corsaria le gustan los barcos y a él las muñecas, sólo sabe que han conquistado su isla. No sabe si volverá a sufrir, pero su rincón siempre estará ahí. De momento, Corsaria y Náufrago, bajo la atenta mirada de Mar y Palmera, zarpan de nuevo, juntos, a lomos de una embarcación que ondea en la mayor una bandera que vagamente le resulta familiar. ¿Destino? ¿Quién quiere saberlo?


     Atte: Náufrago que ahora no es Náufrago, porque ahora Náufrago es Feliz.



     Gracias, Corsaria.

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