Querido buscador de tesoros:
Perdone el infortunio, si
es que lo sufrió. Lamento comunicarle que en esta carta no
encontrará el mapa del tesoro que usted busca, si desea persistir en
esta ocupación, le insto a dirigirse a la primera isla mano
izquierda. Si aún quiere seguir leyendo, puedo ofrecerle otra cosa,
no del mismo valor, se lo advierto. Tan sólo una confesión si usted
quiere guardarme el secreto. Todo leyenda, si me permite, cualquier
parecido con la realidad es pura coincidencia.
Pues bien, amigo o amiga,
esta es la historia de un náufrago que, enamorado del mar y su isla
solitaria, se esconde de las tripulaciones que llegan en su búsqueda
jornada tras jornada. Impensable para él, tacha de espejismos
cualquier cabo que le ofrecen para agarrase.
Ha encontrado la felicidad
encerrado en su bosque, su montaña, sus camaradas son las musas que
acarician su espalda cuando en vela pasa las noches cercado en su
cueva. Ya ha llorado mucho por todos los barcos que le abandonaron en
esa isla, no confía en nadie, no llora, no le hace falta
desquitarse, él está sólo, y sabe que el mar y la palmera no son
amantes traidores.
Él ahora es así. Es la
palmera que se dobla y gira y se desvanece, pero que el mar no puede
talar. Ha labrado una inmensa muralla cercando su isla y vive feliz
entre ladrillos y cemento. Sólo hay sombra, todo él es sombra, pero
sigue siendo feliz porque ya no duerme en esa cama que es la fuente
de sus pesadillas. Al raso, como un indigente, disfruta del viento
acariciando su cara, obviando el mundo: simplemente, para él ha
dejado de existir.
Y así, pasaron los años.
Aunque siente la tentación
de abandonar su preciada isla en pos de embarcar en los veleros que
surcan las olas de las costas circundantes, decide que él es feliz
sólo, y solo seguirá. Las magulladuras de la espalda por caer
rendido al suelo, las manos labradas de trabajar y las piernas
temblorosas de caminar son premios para él, que consiguen alejarle
de su fatiga mental. Ya no le hablan voces en su cabeza. Ya no tiene
la culpa de que papá y mamá discutan. Ya no tiene la culpa de que
su hermano llore. Ya no llora él tampoco. Tiene miedo de volver a
llorar. Náufrago no sabía llorar de felicidad, quizás ni siquiera
entendía la felicidad, aquello quedaba lejos, muy lejos. Y así
pasaron los barcos y los veleros bergantines, y pasaron popas y proas
y dejaron de buscarle.
Su isla creció. O eso
creyó él. Aprendió a ser con ella, náufrago y naufragio en uno
solo, hasta el punto del olvidar el nombre del barco en el que
naufragó. Con el paso de los días se olvidó de las voces. Con el
paso de las semanas se olvidó de los rostros. Y así, el mundo a su
merced, reducido en aquel pequeño fragmento de tierra que había
convertido en su hogar.
Y así, pasaron los años.
Náufrago ya no era
náufrago del mar, era náufrago de la vida. Día tras días,
pequeños duendes velaban su sueño. Él no lo sabía. Él sólo era
amigo del mar y la palmera. Ellos le hacían feliz. Con Mar girando y
retorciéndose como en una perfecta orgía de sentimientos, recordaba
su humanidad. Con Palmera, doblándose pero no doblegándose nunca,
recordaba su fragilidad.
Ni Mar ni Palmera eran como
él, pero le entendían plenamente. No necesitaba más, demasiadas
piernas habían caminado junto a él y demasiados labios le habían
prometido tiempos mejores en falsas promesas de amor eterno. El
moreno de su piel confundía sus facciones hasta esconder su rostro,
hasta quedarse quizá sin él. Un rostro no sirve de nada si no hay
quién lo mire, al igual que la palabra que se gesta en la garganta
para no ser nunca escuchada.
Y así, pasaron los años..
Y con ellos, un barco
apareció de nuevo. Era el primero que veía en mucho tiempo, quizá
por su vista cansada, quizá por los altos muros de indiferencia que
cercaban de su isla. Surcaba las olas sobre el lomo de Mar de un modo
pendenciero, casi suicida. Se acercaba poco a poco a su isla.
De un modo violento, la
embarcación se acercó hasta amarrarse en la costa. A su costa.
Palmera miraba casi anonada como aquel pequeño velero que ondeaba
una bandera que vagamente le resultaba familiar, se dejó caer bajo
una lluvia torrencial, en aquella, su isla solitaria. Y bajo el
aguacero también se dejó caer de aquel velero, una audaz corsaria
que, a lomos de su barco, parecía dispuesta a tomar la isla.
Náufrago no se lo iba a permitir. Aquel era su pequeño rincón
secreto, su Edén, quizá incluso algo más que es difícil expresar
con palabras.
Pero Corsaria llegó, y
llegó con la fuerza de ese huracán que dobla a Palmera y hace
estremecerse a Mar, llegó con el entusiasmo de un recién nacido y
la paciencia de quién tiene a sus espaldas una guerra. Pero llegó.
Y plantó la bandera que ondeaba aquel velero nacido de entre las
olas en el hueco del muro roto.
Y esta vez, los años
dejaron de pasar.
Y ahora Náufrago no es
Náufrago, porque Náufrago es Feliz. Porque sigue teniendo a Palmera
y a Mar, y sigue amando su rincón de soledad, pero ahora, de vez en
cuando, también cabalga a lomos del velero junto Corsaria. Y ya no
se acuerda de lo sufrido, ni sabe ni pregunta por qué Corsaria está
allí. Sólo sabe que no le importa si a Corsaria le gustan los
barcos y a él las muñecas, sólo sabe que han conquistado su isla.
No sabe si volverá a sufrir, pero su rincón siempre estará ahí.
De momento, Corsaria y Náufrago, bajo la atenta mirada de Mar y
Palmera, zarpan de nuevo, juntos, a lomos de una embarcación que
ondea en la mayor una bandera que vagamente le resulta familiar.
¿Destino? ¿Quién quiere saberlo?
Atte: Náufrago que ahora
no es Náufrago, porque ahora Náufrago es Feliz.
Gracias, Corsaria.
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