XVI.
Sinsentido, que bello color. O eso creo yo. Quizá sea porque últimamente da igual los colores que junte sobre el lienzo, siempre aparece ese tono entre ocre y carmesí. Pero es bello... A su manera.
Me gustaría poder pintarme una sonrisa fingida, como la que le regalo a mis personajes, en tono sinsentido. Me gustaría plasmarme con el lienzo y sentir el cían acariciando mi nuca, el magenta queriéndome, el granate follándome. O algo así.
Me gustaría fundirme en sendos trazos de un cuadro naturalista, me gustaría ser la pradera, y el cielo, y el pastor, y la alegoría de una elegía a Manuel Machado.
Me gustaría pintarme sobre un cuadro cubista y ser el tramo perfecto y sin error, el paralelepípedo que centra la atención de las líneas paralelas que se cortan en el infinito.
Me gustaría ser Gernika, me gustaría ser el puño en alto bajo la barricada, el sexo sin tapujos de dos amantes bajo el cielo de Stalingrado, las lágrimas del inocente bajo el paredón y el grito de "¡No pasarán!" del abuelo al que su nieto nunca llegará a conocer.
Ojalá un cielo pintado de sinsentido. Ojalá las personas pintadas en color carne arañada. Los escaparates necesitan un toque de rojo rebelión.
Pero esto es solo en cuadro. Aquí, abajo, donde siempre, todo está pintado de ausencia y monotonía. De deportivas colgadas de los cables de teléfono. De pintadas en las paredes con símbolos nazis tachados. De borrachos en la calle pegando a sus mujeres, de borrachos en los bares recordando a otras mujeres. De mierdas de perro en la calle. De okupas en pisos con cristales rotos. De tus caricias, las que nunca llegaron, y las que queman por su ausencia. Y todo es bello... A su manera.
Soy ese cuadro, ese cuadro que no se pinta en Génova ni en Ferraz. Pero a veces, también soy otro. A veces también me pintan en color beso frustrado. Otras en color última vez, color último polvo. Casi siempre de color miedo, incertidumbre, por saber que se acabó recorrer medio mundo por verte retozar entre mis sábanas. Alguna vez me pintan color fuerza, color superación, aunque en seguida se le antoja horrendo al pintor, y cambia de hoja. A veces también me pintan color hoja, de espada, y a veces color pared. A veces color entre tu espada y mi pared.
Me gustaría poder decir que soy bello... A mi manera.
Prefiero decir que si alguna vez vuelves a pintarme, no traigas pincel.
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