martes, 16 de junio de 2015

El final del camino - Capítulo segundo, lamento de un prófugo.

Recupero la consciencia. Las extremidades me arden y a duras penas puedo respirar. Hay algo en el ambiente que abotarga mis sentidos y adormece mis músculos. Intento abrir los ojos, sin resultado. Los rpados me resultan demasiado pesados. Intento gatear, desplazarme, mover alguna extremidad, con los mismos resultados. Una oscuridad total se cierne ante mí. Un escalofrío recorre cada tramo de mi espina dorsal. Recibo un duro golpe en las costillas y me siento débil, al mite de mis fuerzas. Me vuelvo a sumir en un profundo sueño.
No sé si ha pasado minutos, horas o días. Posiblemente recobrara la consciencia varias veces más, no lo recuerdo. Tengo que concentrar todas mis fuerzas en respirar para no asfixiarme. Oigo sonar mi entrecortada respiración. Siento mucho, mucho dolor. Pero también siento curiosidad, más curiosidad que pánico. Los acontecimientos ocurridos anteriormente golpean mi mente como un martillo en la pared. El paraje ártico, la lágrima, el camino, la puerta... A los dieciocho años de edad el destino, dueño de todas las vidas de este mundo, me había aferrado a una muerte incomprensible. A mí, a ese chico curioso que nació dos semanas antes del vientre de su madre porque quería averiguar lo que había más allá de aquella prisión.
             ¡Irónico destino!
El caso es que, por lo que se ve, soy bastante cabezota, y decidí no morirme sin dirigir una mirada antes al horizonte. Aquella línea que se alza victoriosa en mitad de la guerra entre el cielo y la tierra. Aquella línea que toda la sabiduría esconde, esperando pacientemente para algún día, otorgarla. Abro los ojos paulatinamente esperando encontrarme con aquella visión. Pero lo que me encuentro no es ni el horizonte, ni mi campamento, ni siquiera aquel endiablado cementerio helado en el que pensaba que perecería. Esta vez una pesada luz fúnebre de color rojizo baña el ambiente, dándole un aura fantasmal. Observo mi cuerpo y veo mis ropas deshilachadas. Tengo magulladuras y un profundo corte a la altura del corazón. No tiene muy buena pinta. Intento moverme pero encuentro mis manos atadas con cadenas que ciernen sobre ellas como un depredador sobre su presa. Estoy harto, malherido y quiero acabar de una vez con esta historia de locos. Intento zafarme con las pocas fuerzas que me quedan. Pero entonces...
Entonces lo siento, un escalofrío agarrota mis músculos y me corta la respiración. Me vuelvo a sentir débil. Esta vez no voy a perder el sentido. Voy a mirar de frente a aquello que hay allí. que algo o alguien me observa. Él también sabe que me he despertado y camina hacia mí con parsimonia.
Un dedo recorre con lentitud cada tramo de mi espina dorsal y el ser resopla, como si el mero hecho de tocarme le produjese un inmenso placer. Me invade una sensación atroz, un miedo que no se puede explicar con palabras y que jamás he sentido. La impotencia de no poder mirar a los ojos a la muerte mientras esta juega cruelmente con el terror que invade mi mente... Instantes después siento unos labios acariciar mi espalda con infinita ternura. Mi corazón se desenfrena aún más y pienso que en cualquier momento este se abriría paso entre mi entrañas para salir por aquella brecha que sobre mi pecho se cernía. Cuando aquellos labios se retiraron de mi espalda sentí un dolor desmesurado y supe que dejaría una marca en el reverso de mi cuerpo que ni el paso del tiempo podría borrar.
Alcanzo entonces el máximo umbral de dolor que puedo aguantar. Un grito resquebrajado sale de mi garganta con ímpetu animal e inunda el ambiente. Una lágrima resbala por mi mejilla. El sonido se repite y supe que, en aquellos momentos, ni yo ni mis cuerdas vocales podrían aguantar una tercera vez.
Por espacio de unos segundos impera un silencio lúgubre que se ve cortado por mis sollozos. Nunca he llorado. Jamás. Así me han educado, no lloré ni siquiera el día que mi padre me dijo que mi madre se había marchado para no volver. Llorar representa debilidad, algo que ni mucho menos los cazadores podemos permitirnos. Muchos momentos de mi vida pasan por mi cabeza en el breve espacio de tiempo que separa dos segundos, tantos que no puedo enumerarlos. Las lágrimas de mi cara se funden con la sangre de mis heridas y caen pesadamente sobre el abrupto y agrietado suelo con un ruido sordo. Una de ellas cae sobre mi lágrima cristalizada, ensuciando la pureza de aquella obra maestra de la naturaleza.
Jijijiji La muerte ríe a escasos centímetros de mi espalda en un timbre de voz agudo. Es una mujer.
Se que tengo que decir algo.
¿Qui-quién eres? – La voz sale entrecortada de mi boca seca y mis labios cortados tan solo entorpecen más el intento de expulsar frases con sentido. Sin embargo aquella mujer parece entenderme.
Puess yo puedo sser tu mejor ssueño o tu peor pessadilla. – Respondió, marcando exageradamente las eses, como si tuviera una lengua bífida.
Oigo sus pasos lentos sobre el suelo. Sus pies desnudos se desplazan por él como si de caricias se trataran, casi levitando. Camina con ligereza rodeándome, hasta detenerse enfrente mía.
Aquella mujer parece sacada de un sueño. De mediana estatura, posee una figura perfecta, como si algún escultor hubiese dedicado entera su vida a perfeccionar cada tramo y cada fleco de su cuerpo. Cada mechón de su pelo rizado, negro como el ébano, cae por su espalda como una cascada eterna. Su piel es blanca, como la luz de la Luna, que reluce aún más en contraste a su cabellera. Tiene las orejas picudas, como aquellas criaturas que aparecen en mitos y que atrapan a los viajeros incautos con su hermosa canción. En las cuencas de sus ojos habitan dos pupilas del color de las esmeraldas, que me atrapan. Aquellas dos joyas que encierran sus párpados relucen con un brillo fantasmal y me doy cuenta que ningún ser humano puede tener unos ojos tan bellos como aquellos. Sus finos labios verdes dibujaban una sonrisa tornada que me conquista y me estremece a la vez. Viste con una fina túnica de tela que se ajustaba a su silueta y deja muy poco para la imaginación. Me fijo en que algo cuelga de su espalda. Son alas. Unas imponentes alas emplumadas de color negro. En ese momento las alza y me siento insignificante ante su porte.
Se acuclilla ante mí y pone un dedo sobre el profundo corte de mi pecho, lo que me produce un gran dolor. No puedo gritar, mi cuerpo en estos momentos no me pertenece.
Me llamo Lucy – Me susurra mientras acerca su rostro. – ¿Y tú?
Yo... Yo... Tartamudeo intentado pronunciar mi nombre pero me veo sumido en su embrujo.
Momentos después Lucy se aproxima aún más hasta poder ver el reflejo de mi rostro en sus pupilas y posa lentamente sus labios sobre los míos. Me falta el aire y siento como un ardor atroz inunda mi garganta. Por suerte, retira sus labios rápidamente. Si hubiese tardado unos segundos más, habría muerto asfixiado.
Posa entonces la palma de su mano en mi mejilla, en un gesto tierno, casi maternal. Aquello casi logra arrancarme otro gemido. Se acerca mucho a mí y propicia que casi pierda de nuevo la consciencia. Susurra:
¿No me lo vass a decir? ¿Sabess? Me gussta ssaber el nombre de miss invitadoss antess de... de... Y Lucy se acerca a mi oído, y sus labios rozan mi lóbulo mientras dice: – devorarloss... Y su sonrisa se completa.
Instantes más tarde se acerca aún más embriagándome con su perfume y poniendo en contacto su cuerpo con el mío. Posa su mano izquierda sobre mi pecho, lo que la debe colmar de un profunda placer. Lucy cierra los ojos y suspira, y ríe al ver en intenso dolor que provoca cada roce de su piel. Es como si, con cada gesto y cada caricia, me arrancase una parte de mi alma, hasta dejarme vacío.
¿Qué pena que lo bueno sse acabe tan temprano, no creess? – Dice esta vez en voz más alta.
Y cuando todo parece perdido, cuando me resigno a morir a manos de una bruja, siendo yo tan débil como para no poder resistir a su hechizo, Lucy baja la mirada y repara en la lágrima cristalizada que yace en el suelo a tan solo unos centímetros de mi cuerpo. Quién sabe por qué lo hizo, tal vez llevada por la curiosidad, como yo, o tal vez por la codicia pero retira del suelo y la contempla maravillada. Nunca podré preguntarle el motivo, ya que en aquel momento el cristal se rompe en mil pedazos en la rígida palma de su mano. Observo asombrado como retrocede, llevándose las manos al cuello, en clara señal de dolor. Me mira y en sus ojos no veo las dos esmeraldas que me habían maravillado antes, tan solo veo sus pupilas dilatadas, negras como el ébano. Cruzamos una mirada justo antes de ver el cuerpo de aquella hermosa dama arder en llamas que que ni el agua de todos los océanos podrían apagar.
Pierdo la consciencia, y pierdo la cuenta de las veces que lo he hecho ya. Pero esta vez una sensación de calma inunda mi corazón y destensa mis músculos y puedo descansar en paz. Siento como mis heridas cicatrizan rápidamente, como cesa el dolor. Siento como unos brazos me envuelven y me acunan con ternura. No si es un sueño o no, pero me veo volando sin rumbo, surcando el cielo rojizo de aquel extraño paraje, perdiéndome en él. Vuelo prendido de aquellas majestuosas alas negras y emplumadas que colgaban de la espalda de la probablemente, fenecida Lucy. Vuelo hacia la libertad. Hacia el horizonte, hacia la línea que todo sabiduría esconde, hasta desfallecer, aunque el mundo se derrumbe sobre mis hombros, aunque me cueste la vida.


Aunque en mi cabeza ronda una idea. Esto sólo es el principio. Aquí comienza mi travesía para encontrar la salida de una prisión más sólida incluso que los muros del alma.

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