Recupero
la consciencia. Las extremidades
me
arden
y a
duras
penas puedo respirar.
Hay
algo en
el
ambiente
que
abotarga
mis
sentidos
y adormece
mis
músculos.
Intento
abrir
los
ojos,
sin
resultado.
Los
párpados
me resultan
demasiado
pesados.
Intento
gatear, desplazarme,
mover
alguna extremidad,
con
los
mismos
resultados.
Una
oscuridad
total
se
cierne
ante mí.
Un
escalofrío
recorre
cada
tramo
de
mi espina
dorsal.
Recibo un
duro
golpe en
las
costillas
y
me
siento
débil,
al
límite
de
mis
fuerzas.
Me
vuelvo
a sumir
en un profundo
sueño.
No
sé si ha pasado minutos,
horas
o días. Posiblemente
recobrara
la consciencia varias
veces
más,
no
lo
recuerdo.
Tengo que
concentrar
todas mis
fuerzas
en
respirar
para
no
asfixiarme.
Oigo
sonar
mi
entrecortada respiración.
Siento mucho, mucho dolor. Pero
también
siento curiosidad,
más curiosidad
que pánico. Los
acontecimientos
ocurridos
anteriormente
golpean mi
mente
como
un martillo
en
la pared.
El paraje
ártico,
la lágrima,
el camino,
la puerta... A los dieciocho años de edad el destino, dueño de
todas las vidas
de
este
mundo,
me
había
aferrado
a
una
muerte
incomprensible.
A mí, a
ese
chico
curioso
que
nació
dos
semanas
antes
del
vientre
de
su madre
porque
quería
averiguar
lo
que
había
más
allá
de
aquella
prisión.
¡Irónico
destino!
El
caso
es
que,
por
lo
que
se
ve,
soy
bastante cabezota,
y
decidí
no morirme
sin
dirigir
una
mirada
antes
al
horizonte. Aquella
línea
que
se
alza victoriosa
en
mitad
de
la
guerra
entre
el
cielo
y
la
tierra.
Aquella
línea
que toda la sabiduría
esconde, esperando pacientemente
para
algún día, otorgarla.
Abro
los
ojos
paulatinamente
esperando
encontrarme
con
aquella visión. Pero
lo
que
me
encuentro
no
es
ni
el
horizonte,
ni mi
campamento,
ni siquiera
aquel endiablado
cementerio
helado
en
el
que
pensaba
que perecería.
Esta
vez
una
pesada
luz
fúnebre
de
color rojizo
baña
el
ambiente,
dándole un
aura
fantasmal.
Observo
mi
cuerpo
y
veo
mis
ropas
deshilachadas. Tengo
magulladuras
y
un
profundo
corte
a
la
altura
del corazón.
No
tiene
muy
buena pinta.
Intento
moverme
pero
encuentro
mis
manos atadas
con
cadenas
que
ciernen
sobre
ellas
como
un depredador sobre
su
presa. Estoy
harto,
malherido
y
quiero
acabar
de
una
vez
con
esta historia
de
locos.
Intento
zafarme
con
las
pocas
fuerzas
que
me
quedan. Pero entonces...
Entonces
lo siento, un escalofrío
agarrota
mis
músculos y me corta
la respiración.
Me vuelvo
a sentir
débil. Esta
vez no voy
a perder
el sentido.
Voy
a
mirar
de
frente
a
aquello
que
hay
allí. Sé
que
algo
o
alguien
me
observa.
Él también
sabe que me
he despertado
y camina
hacia mí
con parsimonia.
Un dedo
recorre
con
lentitud
cada
tramo
de
mi
espina
dorsal y
el
ser resopla, como
si el mero hecho de tocarme
le produjese
un inmenso
placer. Me invade
una sensación
atroz,
un
miedo
que
no
se puede
explicar
con palabras
y
que
jamás
he
sentido.
La
impotencia
de
no
poder
mirar
a
los
ojos
a la
muerte
mientras
esta juega
cruelmente
con
el terror
que
invade
mi mente...
Instantes después
siento unos
labios
acariciar
mi
espalda
con infinita ternura. Mi
corazón se desenfrena aún más
y pienso que en cualquier momento este se
abriría
paso
entre
mi
entrañas
para salir por
aquella
brecha
que sobre
mi
pecho se
cernía.
Cuando aquellos
labios se retiraron
de mi espalda
sentí
un
dolor
desmesurado
y supe
que
dejaría
una
marca
en
el reverso de mi
cuerpo que ni el paso del tiempo
podría borrar.
Alcanzo
entonces el
máximo
umbral
de
dolor
que puedo
aguantar.
Un grito
resquebrajado
sale
de
mi
garganta
con
ímpetu
animal
e
inunda
el ambiente.
Una
lágrima
resbala
por
mi
mejilla.
El
sonido
se
repite
y
supe
que, en
aquellos
momentos, ni
yo
ni mis
cuerdas vocales
podrían
aguantar
una tercera
vez.
Por
espacio
de unos
segundos
impera
un silencio
lúgubre que
se
ve cortado
por
mis
sollozos.
Nunca
he
llorado.
Jamás.
Así me
han
educado,
no lloré
ni
siquiera
el
día
que
mi
padre
me
dijo
que
mi
madre
se
había
marchado
para
no
volver.
Llorar
representa
debilidad, algo
que ni
mucho
menos
los cazadores podemos
permitirnos.
Muchos
momentos
de mi
vida
pasan
por
mi cabeza
en
el breve
espacio de tiempo
que
separa dos segundos,
tantos que no
puedo enumerarlos.
Las
lágrimas
de mi
cara se
funden con
la sangre
de mis heridas
y caen
pesadamente sobre
el abrupto y
agrietado
suelo con un ruido sordo.
Una de
ellas
cae
sobre
mi
lágrima
cristalizada,
ensuciando la pureza
de aquella obra maestra
de la naturaleza.
–
Jijijiji
–
La
muerte
ríe
a
escasos
centímetros
de mi
espalda en
un timbre
de voz agudo. Es una mujer.
Se
que tengo que decir algo.
– ¿Qui-quién
eres? –
La voz
sale entrecortada
de
mi
boca
seca
y mis
labios cortados
tan solo
entorpecen
más
el intento
de
expulsar
frases
con sentido. Sin embargo aquella mujer
parece entenderme.
–
Puess
yo
puedo
sser
tu
mejor
ssueño o
tu peor
pessadilla.
– Respondió, marcando
exageradamente
las eses, como
si tuviera
una lengua bífida.
Oigo
sus
pasos
lentos
sobre
el
suelo. Sus
pies
desnudos
se
desplazan por él como
si de caricias
se trataran,
casi levitando.
Camina
con ligereza
rodeándome, hasta detenerse
enfrente
mía.
Aquella
mujer
parece sacada
de
un
sueño.
De
mediana
estatura,
posee una figura perfecta, como
si algún escultor hubiese
dedicado entera
su vida a perfeccionar
cada
tramo
y
cada
fleco
de
su
cuerpo.
Cada
mechón
de su
pelo
rizado,
negro
como
el
ébano, cae
por
su
espalda
como una cascada eterna.
Su
piel
es
blanca, como
la luz
de
la
Luna,
que
reluce
aún más
en
contraste
a
su
cabellera.
Tiene las
orejas
picudas,
como
aquellas criaturas
que aparecen en mitos
y que atrapan
a los viajeros
incautos con su hermosa
canción.
En
las
cuencas
de
sus
ojos
habitan
dos
pupilas
del
color de
las
esmeraldas,
que
me
atrapan.
Aquellas dos
joyas
que
encierran
sus párpados
relucen
con
un
brillo
fantasmal
y
me
doy
cuenta que
ningún
ser humano
puede
tener
unos
ojos
tan
bellos como
aquellos. Sus
finos labios verdes
dibujaban una
sonrisa tornada que me
conquista y
me
estremece
a la vez. Viste
con
una
fina
túnica
de
tela
que
se ajustaba
a su
silueta
y deja
muy
poco para
la
imaginación.
Me
fijo
en
que
algo
cuelga
de
su
espalda.
Son alas.
Unas
imponentes
alas
emplumadas
de
color
negro.
En
ese
momento
las alza y me
siento insignificante ante su porte.
Se
acuclilla
ante
mí y
pone
un
dedo sobre
el profundo
corte
de
mi
pecho, lo que
me
produce
un
gran
dolor. No puedo gritar,
mi
cuerpo en
estos momentos
no me pertenece.
– Me
llamo
Lucy
– Me susurra
mientras acerca su rostro.
– ¿Y
tú?
–
Yo...
Yo...
–
Tartamudeo
intentado
pronunciar
mi
nombre
pero
me veo sumido
en su embrujo.
Momentos
después
Lucy
se aproxima
aún
más
hasta
poder
ver
el reflejo
de
mi
rostro
en
sus
pupilas y
posa
lentamente
sus
labios
sobre
los míos.
Me
falta
el aire
y
siento
como
un
ardor
atroz
inunda
mi garganta.
Por suerte,
retira
sus
labios
rápidamente.
Si
hubiese
tardado
unos
segundos más, habría
muerto asfixiado.
Posa
entonces la palma
de su mano
en mi mejilla,
en un gesto tierno, casi
maternal.
Aquello
casi
logra
arrancarme
otro
gemido.
Se
acerca
mucho
a mí y propicia
que casi pierda
de nuevo la consciencia. Susurra:
–
¿No
me
lo vass
a
decir?
¿Sabess?
Me
gussta ssaber
el
nombre
de miss
invitadoss
antess
de...
de...
–
Y Lucy
se
acerca
a
mi
oído,
y
sus
labios rozan
mi
lóbulo
mientras
dice:
– devorarloss...
–
Y
su
sonrisa
se completa.
Instantes
más
tarde
se
acerca
aún
más embriagándome
con
su perfume
y
poniendo
en contacto
su
cuerpo
con
el
mío.
Posa
su mano
izquierda
sobre
mi
pecho, lo
que
la debe
colmar
de un profunda placer.
Lucy
cierra
los ojos
y suspira,
y ríe
al ver en intenso
dolor que provoca
cada roce
de su
piel.
Es
como
si,
con
cada
gesto
y
cada
caricia,
me
arrancase
una parte
de mi
alma,
hasta dejarme
vacío.
–
¿Qué
pena
que
lo
bueno
sse
acabe
tan
temprano,
no
creess?
– Dice esta vez
en voz más
alta.
Y
cuando
todo
parece
perdido,
cuando
me
resigno
a
morir
a manos de
una
bruja,
siendo
yo
tan
débil
como
para
no
poder
resistir
a
su hechizo,
Lucy
baja
la
mirada
y
repara
en
la
lágrima
cristalizada
que
yace
en el suelo a tan solo
unos centímetros
de mi
cuerpo. Quién
sabe por qué
lo hizo, tal
vez
llevada
por
la
curiosidad,
como
yo,
o
tal
vez
por
la
codicia
pero retira del suelo y
la
contempla
maravillada.
Nunca
podré
preguntarle
el motivo,
ya
que
en aquel
momento
el
cristal
se
rompe
en
mil
pedazos
en
la rígida
palma
de
su
mano.
Observo
asombrado
como
retrocede,
llevándose las manos
al cuello, en clara
señal
de
dolor.
Me mira
y en sus ojos
no veo las dos
esmeraldas
que
me habían maravillado
antes, tan
solo
veo sus pupilas
dilatadas, negras
como
el
ébano.
Cruzamos
una
mirada
justo antes
de
ver
el cuerpo
de
aquella hermosa
dama
arder
en llamas
que
sé
que
ni
el
agua
de todos los océanos
podrían
apagar.
Pierdo
la consciencia, y pierdo la cuenta de las veces que lo he hecho ya.
Pero
esta vez una sensación de
calma
inunda mi
corazón
y destensa
mis músculos y
puedo descansar
en
paz.
Siento
como
mis
heridas
cicatrizan
rápidamente,
como cesa
el dolor. Siento como
unos brazos
me
envuelven
y me
acunan
con
ternura.
No
sé
si
es
un
sueño
o
no, pero me
veo volando
sin rumbo,
surcando
el
cielo
rojizo
de aquel
extraño
paraje,
perdiéndome
en
él. Vuelo
prendido
de
aquellas majestuosas
alas negras
y emplumadas
que colgaban de la
espalda de la
probablemente,
fenecida Lucy.
Vuelo hacia la libertad.
Hacia el horizonte,
hacia
la línea que todo
sabiduría esconde, hasta
desfallecer, aunque el
mundo se derrumbe
sobre
mis
hombros,
aunque me
cueste la vida.
Aunque
en mi cabeza ronda una idea. Esto sólo es el principio. Aquí
comienza mi travesía para encontrar la salida de una prisión más
sólida incluso que los muros del alma.
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