miércoles, 17 de junio de 2015

Mausoleo - Día VII

Día VII después del Suceso.

Querido diario:

     Un día más, un día menos. Si no te tuviera a ti, habría perdido la cuenta.
     Hoy he matado. Sabía que tarde o temprano llegaría. No me enorgullece, pero he tenido que hacerlo.
     Estaba andando por el extrarradio de la ciudad. Me he dado cuenta de que la zona céntrica está mucho más poblada. Tiene lógica, es dónde había más personas, allí no acusarán el hambre. Aún así, he intentado tener cuidado. Habiendo dejado la bici atrás, me he movido entre los edificios, intentando evitar las calles. Al pasar delante de un apartamento, unos golpes me han recibido detrás de la puerta. Unas manos rabiosas han golpeado la pared. Supongo que sería un niño infectado, porque en otro caso, la puerta hubiera cedido. Lo cual me lleva a pensar que Drägan tenía razón. Se han olvidado de quienes son. No hay vínculos familiares, ni nada que se le parezca. Sólo respirar, sobrevivir y alimentarse. Espero no convertirme hoy en su comida.
     Abandoné aquel piso por si había más de aquellos seres prole. Descanse un par de edificios más allá. Después de descansar y comer algo, y rebuscar infructuosamente el piso donde había parado, decidí que era mejor bajar a la calle para que no me sorprendieran de nuevo.
     Y allí lo vi. Un vehículo, abierto. Con las llaves puestas. Y dentro la escena más terrible que nadie podrá ver nunca. Una madre, con su hijo en brazos. Ella, muerta, con mordiscos en el cuello, en la cara y el pecho, totalmente manchada de sangre. En sus brazos inertes, un bebé de apenas unos dos años se revolvía con los ojos inyectados en sangre. Gimió con un siniestro placer cuando me vio e intentó zafarse del último abrazo de la madre para venir a por mi. Aquella pobre mujer... No se había convertido porque su cuerpo estaba demasiado deteriorado. O quizá me equivoque y se convierta en un tiempo. Y no supe qué hacer.
     La situación es desoladora. Quise irme, pero necesitaba montar en ese maldito trasto de cuatro ruedas. Cogí a la madre por un brazo, sin que el niño lograra alcanzarme con sus pequeños dedos. Su aspecto seguía siendo igual, salvo por esos extraños gritos guturales y ese rastro de odio en los ojos. Tiré bruscamente del cuerpo de la mujer desde el asiento del piloto hasta sacarlo del vehículo. El niño calló al suelo con el cuerpo de la madre y con un sonido seco, su cabeza golpeo en el suelo. Ahora, ambos, madre e hijo yacía sobre el frió suelo, juntos el uno al otro. No he podido más. Me he montado en aquel trozo de metal y he conducido hacia delante con la cara empapada de lágrimas. He atropellado a un infectado que andaba despacio por el medio de la calle. Ya me daba igual.
     A los pocos minutos se le ha acabado el combustible al coche. He cogido mis cosas y he bajado. Y ahora estoy andando, sola, acordándome de aquel pobre bebé que podía haber sido yo, si hubiera nacido un par de décadas antes.


     Te quiero, mamá.

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